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La filosofía analítica: temas y representantes principales

Resumen de la filosofía analítica, redactado para el examen de Historia de la Filosofía de la P.A.U. de Castilla y León

La filosofía analítica es una corriente filosófica que nace a finales del siglo XIX, a partir de la obra de G. Frege, autor de textos clave para esta corriente como la Conceptografía o Sobre sentido y referencia. Con estas obras, Frege apunta el tema central de la filosofía analítica: la teoría del significado. La teoría semántica del significado, que encuentra en Frege algunas de sus ideas fundacionales, sostiene que el significado de las palabras viene dado por la referencia (el objeto real al que cada palabra alude) y el sentido (la manera que tiene la palabra de “designar” la cosa). De esta forma, está asentando una de las grandes ideas de la filosofía analítica: la conexión que existe entre el lenguaje y la realidad, y la necesidad de “analizar” el lenguaje, revisar nuestra forma de “hablar” del mundo, para separar aquellas expresiones que tienen significado de aquellas otras que son absurdas y tan sólo nos ponen en dificultades. Por su parte, en la Conceptografía intenta crear un lenguaje lógico que sirva de fundamento para la aritmética. Inaugura así el programa logicista que será una de las aspiraciones fundamentales de la filosofía analítica durante décadas.

El proyecto de Frege será continuado por Bertrand Russell, con una particularidad muy especial: el descubrimiento de la paradoja de Russell, basada en la autorreferencialidad y que ponía en entredicho el programa logicista de Frege. La consecuencia más importante de esta paradoja es que todos los intentos de crear un lenguaje lógico que sirviera de fundamento para las matemáticas se ponía en entredicho. El propio Russell intentó esta tarea junto a A.N. Whitehead, tal y como apareció en su obra conjunta Principa mathematica. Para salvar la lógica de la paradoja, su propuesta consiste en crear un lenguaje en el que no se puedan expresar propiedades autorreferenciales, utilizando una teoría de tipos que en cierta manera “jeararquiza” la realidad, cerrando la puerta a la autorreferencia. Su teoría del significado sigue la idea central de Frege: el mundo da significado al lenguaje. No obstante, elaboró su propia teoría: el atomismo lógico. Para esta teoría, una proposición válida ha de describir un hecho del mundo. Las proposiciones simples o proposiciones atómicas son aquellas a partir de las cuales podemos formar teorías, cuya validez descansa en la contrastación empírica de las proposiciones simples que están en su base y en la corrección formal con que ha sido deducido el resto de proposiciones. Los átomos del lenguaje construyen de una forma ordenada teorías completas de la naturaleza, que desde un punto de vista científico es un agregado de átomos.

Las ideas de Bertrand Russell serán discutidas por uno de sus contemporáneos, que en cierta manera fue uno de sus discípulos aventajados: Ludwig Wittgenstein. Este filósofo austríaco mantuvo correspondencia con Russell y se encontró con él en varias ocasiones. En el Tractatus Logico-Philosophicus, mantiene la teoría semántica del significado: el lenguaje y la realidad mantienen una relación de isomorfismo. El lenguaje es una imagen, un modelo de la realidad, y la lógica en cierta manera es el esqueleto del lenguaje, su estructura formal más profunda. La relación que se establece entre palabras y proposiciones ha de reflejarse en las relaciones que existen entre las realidades a las que hacen referencia. En la parte final de su obra, Wittgenstein se centra en los límites del lenguaje: allí donde termina el lenguaje, termina “mi mundo”, y sobre ello no podemos hablar. Esta idea dio lugar a varias interpretaciones: por un lado parece acorde con la filosofía analítica, al desterrar del lenguaje todo aquello que no se corresponda con hechos. Pero también es compatible con una interpretación distinta: lo esencial de la vida, lo más importante para el ser humano, se sitúa más allá del lenguaje, con lo que en cierto modo se estaría despreciando todo el enfoque analítico. Si tenemos en cuenta las ideas que Wittgenstein desarrolló años más tarde hay motivos más que fundamentados para dar validez a esta segunda interpretación.

El Tractatus de Wittgenstein ejerció una influencia notable sobre el movimiento filosófico que mejor representa la filosofía analítica: el Círculo de Viena. Bajo este nombre, se agruparon varios filósofos en 1929, compartiendo una serie de ideas comunes: debía construirse un lenguaje lógicamente perfecto, cuyas características asegurasen el progreso de la ciencia. La tarea fundamental de la filosofía debía ser, en este sentido, impulsar y respaldar a la ciencia, poniendo las condiciones para la elaboración de este lenguaje, y sobre todo ejerciendo una dura crítica hacia todos aquellos conceptos que no sean científicamente verificables. La filosofía debía ser, entonces, críticas y autocrítica: ha de vigilarse a sí misma y suprimir ciertas expresiones, particularmente en el ámbito de la metafísica. Esta tarea crítica se concreta en otro de los temas centrales del Círculo de Viena: el llamado problema de demarcación, que consiste en separar lo que es ciencia de lo que no lo es. Tal y como afirmaron algunos de sus autores, una de las diferencias fundamentales entre la ciencia y lo que pretende pasar como tal es precisamente el lenguaje que utilizan. Como se ve, continuamos con algunos de los temas centrales de la filosofía analítica: teoría del significado, fundamentación de la ciencia, y ejercicio crítico. Los autores más representativos del Círculo de Viena son Rudolph Carnap, Moritz Schlick, Otto Neurath, Alfred Tarsky y A. J. Ayer. Desgraciadamente sus actividades se suspendieron a partir de la represión nazi, que alcanzaría su más alto grado cuando Schlick fue asesinado por un estudiante. Muchos de los autores del Círculo de Viena se vieron obligados al exilio.

La filosofía analítica representa el intento de construir un conocimiento absolutamente seguro, por lo que es expresión de un viejo anhelo de la humanidad. En este sentido, representa la actualización de viejas ideas filosóficas presentes cuando menos ya en los albores de la modernidad. Su trabajo está alentado de una forma clara por el empirismo: la realidad tiene que ser la piedra de toque del lenguaje, y hemos de evitar las conceptualizaciones que no tengan un fundamento real o no vengan exigidas por necesidades científicas. Pero hay también ciertas semillas de racionalismo: el programa logicista que animó a los primeros autores confía en la razón como facultad capaz de encontrar un fundamento para las matemáticas. Paradójicamente fue uno de los miembros del Círculo de Viena, Kurt Gödel, el que por medio del teorema de incompletitud demostró la imposibilidad del programa logicista: cualquier sistema de proposiciones lógicas que intente expresar las matemáticas será inconsistente o incompleta. Dicho de otra forma: incluirá contradicciones o habrá partes de la aritmética cuyo valor de verdad no se podrá conocer. El teorema de Gödel confirma que un lenguaje con la suficiente capacidad expresiva como para abarcar la aritmética necesariamente ha de incluir contradicciones, lo cual anula todo intento de fundamentar las matemáticas en la lógica. Con todo, la filosofía analítica sigue viva en nuestros días: reformulada y actualizándose a las aportaciones de las últimas décadas, ha ido extendiendo sus reflexiones a otras áreas de la filosofía, como la ética, la estética e incluso la filosofía política.