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Sócrates: la fundación de la teoría moral

Sócrates y los sofistas, redactado para el examen P.A.U. de Castilla y León

Sócrates es sin lugar a dudas uno de los personajes más enigmáticos de la historia de la filosofía. El motivo principal de esta afirmación es bien conocido: no tenemos ningún testimonio escrito escrito por el propio Sócrates, sino que nos tenemos que fiar por lo que de él nos cuentan los que le conocieron personalmente. Así, mientras Platón ensalza su figura otros como Aristófanes le ridiculizan en alguna de sus comedias, llegando a considerarle uno más de los sofistas que estaban corrompiendo Atenas. La interpretación más extendida dentro de la filosofía se acerca más a los textos de Platón que a las descalificaciones y desprecios de otros autores. Porque al margen de los problemas interpretativos y de llegar a saber quién fue Sócrates realmente, lo que está fuera de toda duda es que en tiempos de Sócrates se produce un giro en el objeto central de la filosofía, por el cual la naturaleza pierde relevancia respecto a cuestiones éticas y políticas. La vida en la ciudad y en compañía de otros pasa a ser la fuente principal de interrogantes filosóficos.

Si nos fiamos de la presentación de Platón, en este nuevo contexto democrático surge un profundo debate de índole moral, en el que participan Sócrates y los sofistas. Aunque, precisamente por el influjo platónico, los sofistas hayan sido rechazados por la tradición filosófica, representaron una fuerza ilustradora en las diferentes polis griegas: profesionales de la enseñanza, dirigían su actividad a las clases más poderosas, tratando de formar a aquellos que habían de ejercer una mayor influencia en la sociedad. Las tesis morales defendidas por los sofistas eran las siguientes:

  1. No existen valores o normas morales universales: cada polis es expresión de una forma de vida, de concebir la sociedad y la vida en común. Las normas son convencionales, por lo que hemos de asumir que son también particulares: su validez alcanza hasta los límites de la sociedad que las crea.
  2. Hay una “técnica” de la virtud, que, por tanto puede ser enseñada. Los sofistas se presentan como maestros de la virtud, especialistas en formar “buenos ciudadanos”, entendiendo esta expresión en un sentido mora, pero también político y social. Cumplir con las leyes puede ser una primera condición: saber cómo cambiarlas y cómo convencer a los demás sería la segunda. El “buen ciudadano”, para los sofistas, es el que domina la persuasión como medio para lograr sus objetivos. La oratoria y la retórica eran dos enseñanzas primordiales dentro de la sofística, expertos dominadores del lenguaje.

Como no podía ser de otra manera, Sócrates tenía ideas bien distintas en estos ámbitos. También domina el lenguaje, pero utiliza sus conocimientos precisamente para atacar las tesis de los sofistas. Tal y como aparece en los diálogos de Platón, Sócrates parte de una humildad intelectual que en realidad le sitúa en una posición de ventaja: enfrentado el “ignorante” con el “sabio” a partir de un intercambio de argumentos y objeciones el resultado final suele ser desconcertante, llegando a la conclusión de que el sabio lo era menos de lo que pretendía. La ironía y el diálogo mayéutico, basado en un inteligente intercambio de preguntas y respuestas, neutralizan la soberbia de quien se cree en posesión de la verdad. Por eso, las ideas centrales de Sócrates van a ir en contra de las de los sofistas:

  1. Hay valores y normas morales universales: por mucho que cada polis pueda legislar sobre diversos aspectos de la vida, existen ciertas normas y valores que han de tener un significado válido para todo ser humano, independientemente de la polis en la que viva. Una parte de la moral, por tanto, no es convencional, sino natural. Conceptos como justicia, valor o virtud han de ser aplicables con el mismo significado para todos los seres humanos. A partir de los ejemplos concretos, hemos de ser capaces de llegar a definiciones universales.
  2. La virtud moral (areté) no se puede enseñar reduciéndola solamente a oratoria y retórica. O en otras palabras: la persuasión sofística no puede entenderse como una forma de virtud. Del diálogo mayéutico se desprende que la verdad es una descubrimiento común, y nunca una imposición o un engaño en el que hacemos que los demás piensen lo que nos pueda interesar en cada caso. La virtud es más bien fruto de la convivencia en la ciudad, del crecimiento y el desarrollo dentro de la misma. Sócrates se consideraba a sí mismo como un ser humano creado a imagen y semejanza de las leyes de Atenas, auténticas “maestras” de la virtud a través de un aprendizaje vivencial.
  3. La virtud está relacionada con el conocimiento (intelectualismo moral). Esta idea, que cobrará una importancia aún mayor en el sistema platónico, sugiere que la persona que obra mal lo hace por ignorancia. Saber qué es lo que se debe hacer en caso, conocer el bien y el deber es una condición indispensable para hacer el bien, y Sócrates piensa que aquella persona que conoce el bien lo hará de una forma inmediata. Esta idea transmite una visión oprtimista de la naturaleza humana: el ser humano que obra el malo lo hace por ignorancia, por lo que no es culpable de su maldad. La gran oportunidad de la naturaleza humana reside, en consecuencia, en la educación.

Para entender por qué se puede considerar a Sócrates y su discusión con los sofistas como protagonista innegable de la fundación de la teoría moral, cabría aludir al semblante de Sócrates que inmortalizó Platón en sus diálogos. En la República vemos a Sócrates convencido de que es mejor sufrir una injusticia que cometerla, y si damos valor a los diálogos iniciales, encontramos uno de los mayores ejemplos de integridad y honestidad de la historia de la filosofía: condenado a muerte de manera injusta, Sócrates asume su muerte y se dirige a ella, mostrando su respaldo absoluto a las leyes de Atenas, las mismas que había defendido a lo largo de su vida y que ahora le volvían la espalda. Tanto por sus ideas como por su vida, en Sócrates encontramos algunas de las cuestiones morales más importantes de toda la filosofía occidental, tanto para bien como para mal: la lista de sus defensores ha ido aumentando en más de veinte siglos de pensamiento, pero también sus críticos: Nietzsche le considerará el gran falseador de la moral, el responsable de que la vida se haya visto negada en favor de valores morales con una “presunta” validez universal. Por ello, dejando de lado las afinidades personales, cabe decir que Sócrates sigue siendo hoy un emblema del pensamiento moral y que alrededor de su figura sigue habiendo cuestiones tan actuales como las que él mismo discutió con los sofistas.