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Un lenguaje sin yo

Hace ya unos cuantos años, durante unas jornadas de la facultad asistí al mayor cruce de insultos "académicos" que jamas he escuchado. Se trataba de un conjunto de expertos en filosofía del lenguaje y la ponencia que desencadenó la polémica versaba sobre la posibilidad de crear un lenguaje sin yo. Por allí desfilaron, cómo no, Wittgenstein y Russell, y algunos otros de los más renombrados filósofos del lenguaje. Llegado el turno de preguntas uno de los asistentes comenzó un intercambio dialéctico de los de educación exquisita y baja estofa.

La generación... ¿qué?

Me ocurría en clase hace algunas semanas: mientras explicaba a los autores de la Escuela de Frankfurt incidía especialmente en la repercusión social de sus ideas. En cómo sus textos juntos a otros como los de Sartre y compañía encendieron la mecha de las revueltas estudiantiles que recorrieron unas cuantas universidades europeas y norteamericanas. Con la intención de provocarles, establecía una comparación un tanto agresiva y no exenta de una maligna dosis de demagogia: "si con los 16-17 años que tenéis ahora hubierais vivido en los sesenta estaríais leyendo a Marcuse, a Sartre y a Fromm.

Comer (bien)

Esa mala costumbre de comer viene acompañándonos desde que somos lo que no se sabe muy bien que somos es uno de los interrogantes de primera magnitud, a la que la filosofía académica no ha prestado mucha atención. Existen excepciones por ahí, la mayoría de ellas de tradición epicúrea, pero no pueden cubrir la infinidad de preguntas que el comer genera. Cualquier modelo antropológico debería tener en cuenta que en nuestro pasado figuran dos distinciones innegables: hemos sido caníbales y carroñeros.