¿Compañía o soledad?

Desde que salió la noticia de que dos expertos en teoría de juegos habían recibido el premio Nobel de economía, me dije que tenía que escribir unas líneas sobre ello, pero entre unas cosas y otras me ha sido imposible hasta hoy. Para hacernos una idea de la importancia de la teoría de juegos, basta tener en cuenta que dos de los galardonados en los últimos cinco años han realizado importantes resultados a la misma. En el 2002, Kahneman ganó también el premio nobel de economía, por haber logrado integrar perspectivas psicológicas en la investigación económica, labor que desarrolló junto a Tversky. Dejando de lado estas estadísticas, veamos muy brevemente en qué consiste la teoría de juegos.
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Hasta ahora, muchos docentes hemos ido tomando contacto con las nuevas tecnologías, conociendo sus posibilidades y explorando las herramientas que se ponen a nuestra disposición. Y poco a poco se van lanzando iniciativas que comienzan a ser aplicaciones prácticas de todo esto. Nosotros hemos inaugurado esta misma semana nuestra bitácora sobre tutoría, actividad con la que pretendemos mantener informados a padres y alumnos de todo lo importante del curso. Ya veremos si sirve para algo o no, y sobre todo si es valorado positivamente por todos los implicados. Contamos con el gran inconveniente de internet: aún faltan familias y alumnos conectados a la red, y por tanto, la utilidad de este tipo de iniciativas se ve muy reducida. Eso no impide que sigan floreciendo otras actividades como aquella de la que quiero hablaros hoy: el multiblog de Filotic.
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Se dice que cuando se celebra el día de algo, es éste un síntoma inequívoco de que ese “algo” pasa por momentos bajos. Celebramos el día del libro porque no se lee demasiado y, por el contrario, a nadie se le ocurre, por ejemplo, celebrar el día del botellón, o el día de la prensa rosa. Por eso me resulta llamativo que exista un día de interne: no creo que la red esté en crisis, sino que su expansión me parece prácticamente imparable. Aunque en el presente nuestro país esté aún lejos de las potencias europeas en cuanto al uso de las nuevas tecnologías, no debe éste ser motivo de alarma: siempre ha sido así. Las tecnologías llegan a España más tarde que a otros muchos países occidentales. Que nuestros índices de conexiones sean aún bajos, debe motivar a quien corresponda a potenciar su progreso (aún con campañas machistas incluidas), pero no creo que sea un dato preocupante. Por supuesto, tiene consecuencias económicas, científicas y tecnológicas, pero no nos engañemos: no vivimos en una superpotencia.
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Ir por la vida siendo profesor tiene, como todo, sus ventajas y sus inconvenientes. Como he hablado más de una vez con uno de mis mejores amigos, el mejor trabajo siempre es el de los demás: cada uno encuentra que su trabajo es horrible, mientras que los demás no dan palo al agua, y se dedican a vaguear durante todo el día. Y más aún si son profesores. No hay vacaciones que estén peor vistas que las de los docentes, y a todo esto se le une un pecado aún mayor en el caso de los que trabajamos para la enseñanza pública: el “estatus” de funcionarios. Si profesor es ya sinónimo de “dos meses de vacaciones”, a esto hay que sumarle que funcionario es, en nuestro país, sinónimo de “poco eficiente”. Parece que no se distingue, en general, que hay muchas clases y grupos de funcionarios, y que la falta de eficiencia es algo que se deriva, a veces, de la complejidad del servicio que se tiene que realizar. Pero que nadie piense que estoy escribiendo todo esto en defensa de los funcionarios docentes.
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Como pasa cada muy poco tiempo, vuelve la crisis: esta vez se trata de la gripe aviar. Como ocurrió con la última, ahora la amenaza procede también de Asia. Curioso y llamativo, que las últimas emergencias de salud provengan de Asia. Parece que la condición humana sigue siendo frágil, y que por mucho desarrollo científico que alcancemos las dudas seguirán apareciendo: enfermedadas más o menos exóticas llegan a Occidente a poner entre interrogantes nuestra propia seguridad. Ahí está la ciencia para combatir estos ataques, pero por debajo de lo que puede significar cada epidemia, siempre aparece una pregunta inquietante: ¿Qué hay de verdad en todas estas pandemias?
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“El pensar mismo es ya un modo de comportarse, es precisamente, quiera o no, un momento de la praxis en las operaciones lógicas más puras. Transforma a través de aquella síntesis que realiza. Cada juicio que une entre sí dos momentos que antes estaban separados, es, como tal trabajo, una porción, casi diría: transformación del mundo”
(Theodor Wiesengrund Adorno, Lecciones sobre Dialéctica negativa)
Han pasado ya 25 siglos desde que el viejo Sócrates se enfrentara a los sofistas, y sin embargo su enfrentamiento sigue tan vivo como entonces. Por azares del destino (especialmente azares platónicos) siempre hemos tendido a elogiar al bueno de Sócrates, en ese afán suyo encontrar verdades universales, a la vez que hemos despreciado abiertamente a los sofistas. A ellos poco les importaba la verdad, hemos aprendido desde el bachillerato, pero lo cierto es que la recepción de su pensamiento no ha sido todo lo justa que debiera. Para empezar se los mete a todos en el mismo saco (”los sofistas”, “los presocráticos”, nos gusta agrupar y simplificar las cosas) y además se les acusa de ser manipuladores. Platón los llamaba “imitadores de sabios” e “ilusionistas de discursos”. Olvidémonos, por un día, de la posible injusticia de este desprecio a la sofística, y preguntémonos algo tan sencillo como esto: ¿Existen sofistas actualmente? ¿Quiénes son, dónde están?
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A veces la filosofía suele despreciar ciertos temas por considerarlos “vulgares”. Y, también a veces, esto es un claro error, particularmente cuando aquellas cosas que se desprecian resultan ser populares o seguidas por mucha gente. En vez de despreciar, más valdría contemplar y pensar al respecto. Uno de estos fenómenos olvidados puede ser, por ejemplo, la moda. Por considerarla a veces “superficial” o “vanal” negamos importancia a algo que, nos guste o no, resulta mucho más próximo para el ciudadano medio que todos los libros de filosofía juntos. Si bien es verdad que los medios de comunicación son responsables de que los desfiles estén semana sí, semana también, no por ello debemos dejar de mirar con curiosidad y asombro toda una industria que recibe cada vez mayor atención de la sociedad. Y es que debajo de la moda, podemos encontrar más ideas de las que en un principio pudiera parecer.
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Uno de los mayores desafíos que tenemos planteado, es el de encontrar un equilibrio entre el progrso tecnológico y la conservación de la naturaleza. Ahí está la ética ambiental, tratando de encontrar soluciones a los desmanes que vamos expandiendo allá por donde pasamos. Ante los distintos problemas son muchas las soluciones, y una es particularmente llamativa: la ética del “cow-boy”. Consiste en defender la tesis de que la ciencia y la tecnología encontrarán solución a las distintas situaciones críticas que puedan ir surgiendo. El hombre puede (y debe) disponer de la naturaleza a su antojo, explotándola sin reparos: a fin de cuentas, se nos viene a decir, no somos tan tontos como para extinguirnos a nosotros mismos, y siempre encontramos “un roto para un descosido”. Lo peor del caso es que me da la sensación de que esta idea diabólica está incorporada en la vida cotidiana de mucha gente.
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Llevamos algunos días viendo en clase el tema de la evolución humana. Una de las cuestiones que sale repetida una y otra vez es la pregunta por el origen del hombre, que nos lleva, en el fondo al origen de todos los seres vivos. Desde las creencias religiosas se presenta a Dios como el origen de todo, y se viene a defender que el mundo, la vida y la inteligencia han sido creadas por Dios. En el polo opuesto, el mecanicismo explica cómo la vida y la inteligencia han surgido movidas por el azar y la necesidad (como índica el conocido libro de Jacques Monod). Evidentemente, la primera explicación es religiosa y la segunda es científica y no debemos mezclarlas. Sin embargo, me da la sensación de que ambas comparten una característica común: sobre el origen del ser humano, es más lo que ignoramos, que lo que sabemos y nos remitimos a enormes conceptos que nos mantienen la incertidumbre. ¿Qué es exactamente eso del azar? ¿Verdaderamente resulta esclarecedor apelar a Dios para afrontar el problema del surgimiento del ser humano?
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En el mundillo filosófico resultan bien conocidas las paradojas que derivan de la autoreferencialidad: de un modo legendario, todo empezó con aquel cretense, y siglos después Russell se encargó de llevarlo a la teoría de conjuntos, con aquel conjunto de todos los conjuntos que no pertenecen a sí mismos. Y hoy, por ejemplo, podríamos decir que esto no es una anotación, y mucho menos de las que se estilan por aquí: en ningún momento se está pretendiendo introducir un tema, si no está presentando algún tópico filosófico para su discusión. Simplemente se divaga sin rumbo fijo de un modo un tanto caótico, sin saber muy bien qué decir, ni qué contar, ni sobre qué hablar. Acaso pudiera ser que esto ni siquiera fuera una frase. Y en cualquier caso, nadie puede dudar de que esto no es un encabezamiento o una introducción. Nada más lejos de la realidad.
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