¿Queremos límites para el P2P?
?En el 2006 ya se prevén redes de intercambio de archivos absolutamente anónimas, donde será imposible saber quién descarga qué.? Lo decía David Bravo en una entrevista realizada para el programa “La noche sin tregua”. Y la verdad es que dio argumentos muy convincentes para mantener programas como el Emule y similares, que permiten compartir archivos. La copia perjudica más a la industria que a los artistas, y ante los nuevos medios la difusión cultural tiene que hacerse más sencilla. Adaptarse en definitiva. Sin embargo, esta frase que apareció al final de la entrevista, me despertó cierta inquietud (quién sabe, seguramente injustificada). ¿Realmente es deseable poder intercambiar archivos de un modo completamente anónimo?
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Desde comienzos del siglo XX, con el surgimiento de las vanguardias, el arte comenzó un camino de no retorno, que le ha llevado a una situación muy particular: la libertad absoluta del artista y la autonomía del arte, contrasta con la incomprensión o incluso el rechazo social que su actividad genera. La mayoría de la gente que tiene contacto con el arte contemporáneo está convencida de que éste no es más que una estafa cultural, y un producto para “snobs” y élites. Élites que, además, están compuestas por dos grupos bien diferenciados: los que “entienden” de arte, no sólo del contemporáneo sino de todos, y que a menudo defienden fervientemente este tipo de producción, reconociendo a la vez que puede haber cierta “inflación” artística que nos lleve a considerar como arte obras mediocres. Y está también la segunda élite: los “compradores” de arte, que se gastan grandes sumas de dinero por una cuestión puramente social: el arte es un distintivo de buen gusto, y tener una obra de tal o cual artista es síntoma inequívoco de riqueza (mucho más, por supuesto, que tener un coche de tal o cual marca).