Pobre democracia
Mientras los que para algunos somos inútiles y sobrantes profesores de filosofía estamos poniendo toda la carne en el asador, la actualidad no deja de darnos razones para que mantengamos vivo el pensamiento. Y curiosamente, estas noticias de la actualidad tienen como protagonista a la misma clase social (los políticos) que, por lo que se vé, quieren disminuir la presencia de la filosofía en el sistema educativo. Yo estaría completamente de acuerdo con esta supresión si fuera cualquiera de los concejales de urbanismo (de los más variados partidos políticos) que están siendo investigados o cuestionados en la actualidad por una gestión poco clara, digamoslo de un modo suave, de las licencias urbanísticas de su municipio. Si yo fuera un ladrón y me aprovechara de un cargo público de alta responsabilidad (por el que pasan milles de millones de euros), preferiría que nadie estudie a Platón, y que nadie sepa que ya en el siglo V antes de Cristo el ateniense tuvo que formular severas críticas a la democracia ante la situación de corrupción generalizada y de ineptitud política.



Hace unas semanas, terminaba de leer Verdad y método II, un conjunto de artículos que H.G. Gadamer (Gargamel, para mis amigos…) publicó para completar la visión de la hermenéutica que nos había ofrecido en Verdad y método. El caso es que ambos textos tienen un número considerable de páginas, y el otro día me preguntaban que para qué servía leer tanto libro, si ahora con toda seguridad era imposible que me acordara, por ejemplo, de los libros que había leído hace 5, 6 o 9 años. Y hasta cierto punto, quien me dijo estas cosas tenía razón. Es verdad que sería incapaz de exponer ahora, por ejemplo, el
El bueno de Sócrates que, por lo que se cuenta, debía ser tan feo como inteligente, suele resulcitar todos los años por estas fechas para convertirse, al menos durante unos momentos, en uno de los protagonistas de clase. Dedicábamos la semana pasada alguna hora para perfilar un poco la figura del viejo Sócrates, que parece seguir contemplándonos desde hace 25 siglos, con esa capacidad suya para plantarte un interrogante en la cara (y de los difíciles) con sólo mirarte a los ojos. Intentando ser lo más neutral posible (creo que en la enseñanza se debe aspirar a ello) incluí también en la clase aquellos aspectos y testimonios que acercan a Sócrates a los sofistas, y que no le dejan tan bien parado en comparación con los textos de Platón. Pero por encima de todo, he intentado subrayar este año algo que podría servirnos a todos como ejemplo a seguir: el diálogo socrático. 
A estas alturas, todos hemos escuchado por ahí la