La emancipación de Königsberg
Los aficionados a la filosofía nos hemos desayunado hoy con una noticia que mezcla filosofía y política: a través de diversas listas de filosofía (los medios españoles no se han hecho eco de momento de esta noticia) se ha corrido la voz de que la población de Kaliningrado se ha levantado contra Rusia (país al que pertenece la ciudad, separada territorialmente del resto del federación), y ha proclamado la PkR: Preussische Kantische Republik (República Kantiana de Prusia). Hemos conseguido una captura de la edición online de un periódico local, cuya página ahora mismo es inaccesible. El asunto viene de lejos: la BBC, y blogs como Cabalmat ya han hablado del asunto desde hace tiempo. Aquí podeis leer además la opinión de un habitante de esta ciudad y la entrada en inglés de Wikipedia deja bien claro el problema que se venía arrastrando. Como todo el mundo sabe, Kaliningrado es el nombre moderno de la antigua Königsberg, ciudad natal de autores tan importantes como Kant y H. Arendt. La identidad de la ciudad ha sido tan voluble y volátil como la misma historia: prusiana, alemana y rusa, la ciudad no sólo ha sido un hervidero cultural, sino también un foco de luchas y enfrentamientos. La maravilla del asunto es que los ciudadanos de Kaliningrado (aunque después del hecho que hoy contamos deberíamos volver a la denominación de Königsberg) se han rebelado contra el poder ruso de una forma puramente cultural, filosófica cabría decir: apelando al derecho de resistencia, están comenzando a organizarse políticamente como una ciudad independiente, con un sistema político y económico propio.




Hablar de Matrix y sus resonancias filosóficas después del muy recomendable
Conócete a tí mismo. Esta es una de las grandes tareas del ser humano, y no sólo porque lo dijera Sócrates, entre otros, hace ya unos cuantos años. Una tarea para toda una vida también para Rick Deckard en una sociedad llena de incertidumbre, de humanos y de replicantes, máquinas creadas por el hombre, seres “para-empáticos” condenados a las peores tareas. Máquinas que, a la larga, se rebelan y deben ser eliminadas: ellas, más fuertes, más ágiles, más inteligentes. Nosotros, más empáticos. Son los sentimientos los que nos salvan, los que jamás serán alcanzables para las máquinas. Estamos de nuevo, en medio de la película, con la eterna pregunta: ¿qué es el hombre? O de un modo más personal: ¿quién soy yo? Una pregunta aún más atormentadora cuando se vive rodeado de imitaciones casi perfectas, cuando las utopías negativas asociadas a la ciencia ficción parecen haberse realizado
Entre los monos que comenzaron a utilizar un hueso y los hombres que viajan al espacio en sofisticadas naves espaciales existen múltiples diferencias, pero también hay, al menos, una característica común: la técnica. Todos somos “homo faber”, y nuestra vida está tan ligada a la técnica, que puede llegar a depender de ella. De hecho, si algúna acuerdo podríamos alcanzar sobre esta difícil palabra es que cuanto mayor es el “progreso” de una sociedad, mayor es su dependencia respecto a las máquinas, mayor es su tecnodependencia. El desarrollo de las culturas y civilizaciones humanas va ligado al desarrollo de diferentes técnicas, tal y como nos contó Platón en el mito de Prometeo. Pues bien: esta relación entre el hombre y la técnica es, desde mi punto de vista, una de las ideas clave de 2001: una odisea en el espacio.
Ninguno de nosotros es Truman. Cualquiera que vea la película es sólo eso: un espectador de una película, que se sentará delante de su pantalla de televisión al poco tiempo de salir del cine. Y es que esta película no sólo plantea el problema de la identidad personal, sino que también incluye un mensaje claro a todos los espectadores. Si en el siglo XVII Calderón hizo pensar a su Segismundo si acaso la vida no sería un sueño, la actualización a comienzos del siglo XXI viene a lanzarnos un gran interrogante: ¿Y si mi vida no fuera más que un programa de televisión? ¿Y si todo fuera falso? Dejemos estas preguntas y centrémonos en las que encabezan esta anotación. Porque entre todas las cuestiones filosóficas de esta película, brillan con luz propia los temas de ética: ¿acaso está todo justificado tan sólo por la audiencia? ¿El espectáculo es el justificante último de todas nuestras vidas? Ciertos momentos de la película dan pie a este tipo de ideas.