La máquina de la verdad nos asalta. Es díficil que no termine apareciendo, colándose por cualquier “zapeo” imprudente o por la igualmente imprudente costumbre de ver uno de esos programas televisivos hechos con recortes de todos los demás (y digo imprudente porque no sabe uno nunca lo que se va a encontrar). El caso es que, por los motivos que sean, la máquina de la verdad se ha puesto de moda, y se ha convertido en el juez de la vida social/económica/política, ya que por ella han desfilado personajes de la más diversa índole. El prodigioso mecanismo nos ayuda a dilucidar dos cuestiones imprescindibles para nuestras vidas: primera, qué ocurrió de verdad, y, segunda, si fulanito o zutanita son o no unos mentirosos. Saber, en definitiva, si nos podemos fiar de la juani, el paco, la chari o el peri cuando nos los crucemos en la cola del super, o cuando coincidamos tomándonos un café. Si hubo acostamiento o agresión, si explotaron las bolsas de los billetes o si las culpa de todo fue de los pechos siliconados. Independientemente de modas, y de que se diga para justificarla que se acepta en los juicios de EEUU (cosa que me gustaría confirmara algún abogado especializado), hay una cuestión que, esta vez sí, no se puede dejar de lado: la máquina de la verdad descasa sobre una teoría falsa de la verdad.
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