Soy un carcamal (tecnológico, claro)
Desde los comienzos de esta página se ha mantenido una distancia un tanto crítica respecto a las nuevas tecnologías. Los lectores habituales lo saben, y abundar en enlaces relacionados con el tema no merece la pena. Pero es que de un tiempo a esta parte voy encontrándome frases, datos, hechos… que provocan que esta alergia (por otro lado, tan propia de estos días) se acentúe. Mi pensamiento estornuda más que mi nariz y mi sentido común me pica más que mis ojos. Y no me estoy refiriendo al circo de “expertos” en TIC que subidos al carro de la industria cultural (charlas, conferencias, cursos…) van vendiendo humo de feria en feria, de universidad en universidad. Dejésmosles hoy descansar, y que sigan buscándose en paz sus próximos bolos. Hoy voy a hablar de dos fenómenos que, puestos a acuñar palabras yo también me atrevo, quisiera calificar de “integrismo digital” y de “sentimentalismo digital”. Y todo esto concretado en dos frases: “La pizarra del aula, tal y como la conocemos hoy, desparecerá de aquí a cinco años” y “no sabes cuánto admiro tu trabajo, eres una referencia para mí”. Ninguna de las dos literales, pero muy aproximadas a lo que se puede escuchar y leer por ahí. Seguir leyendo…




De aquí a navidad (esperemos que antes, pero en estas cosas nunca se pueden dar fechas definitivas) habrá importantes cambios en esta página web. Tenemos bastante claro por donde va a ir la “revolución boulésica”: reagrupación de materiales relacionados, facilitación de la navegación, implicación de todos los lectores, y un sistema de publicación más sencillo y flexible, que permita que los nuevos contenidos generados puedan encontrar la solución técnica adecuada. Tenemos contenidos en preparados desde hace un tiempo, pero no queremos publicarlos para no tener que multiplicar el trabajo: en vez de trabajar dos veces, esperaremos a contar con el nuevo gestor de contenidos, de manera que la transición de la actual página a la que está por llegar sea lo más sencilla posible. Uno de nuestros deseos será implicar a todos los lectores en esta renovación. Para ello,
Vivimos en una cultura icónica. El lenguaje dominante es, mal que a algunos nos pese, el de la imagen. La fotografía y el video son las tecnologías subyacentes a esta tendencia: el video nos enseña una realidad de un modo más cómodo que el texto, mientras que la fotografía nos ofrece capturas del mundo en que vivimos. No hemos tardado mucho en incorporar esto a la vida cotidiana: no hay acontecimiento que se precie que no se vea acompañado de su correspondiente álbum de fotos o película para el recuerdo. Las consecuencias de la “imaginación” de la vida (si se acepta el palabro, sería la conversión de la vida en las imágenes) afectan tanto a la cultura como a nuestro día a día, y también, cómo no a nuestro pensamiento, que tiende ya a aceptar como indudable esa sentencia que proclama la dominación de la imagen: no es sólo que esta sea verdadera, sino que “vale más que mil palabras”. Pero alejémonos de los tópicos y abordemos el asunto con palabras: ¿dónde reside la verdad de la fotografía? ¿Puede identificarse fotografía y verdad? ¿Existen fotografías que puedan calificarse de “mentira”?