Karl Popper
“Si bien la historia carece de fines, podemos imponérselos, y si bien la historia no tiene significado, nosotros podemos dárselo.”
(Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos)
“Si bien la historia carece de fines, podemos imponérselos, y si bien la historia no tiene significado, nosotros podemos dárselo.”
(Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos)
De todos es sabido que un profesor de cualquier materia debe reunir dos condiciones: dominar la materia que enseña y ser capaz de transmitir ese dominio, ese saber. Si lo aplicamos a la filosofía, un profesor tiene que saber filosofía y tiene que saber enseñarla. Dos elementos que no siempre van acompañados. Los hay que saben mucha filosofía pero son incapaces de enseñarla. Pero también están los que dominan a la perfección las técnicas y recursos didácticos, pero que quizás estén un poco más perdidos (o no estén actualizados) en lo referente al panorama filosófico actual. Se trata de dos posiciones extremas, las que se acaban de describir, pero que recogen en cierto modo una tensión existente en la enseñanza de cualquier materia: la necesidad de adaptarla y expresarla en lenguaje cercano y significativo para quienes deben aprenderla, pero a la vez respetando los contenidos, siendo fiel al “espíritu” de aquello que se enseña. ¿Hasta dónde podemos estirar el saber, adaptarlo, con el fin de transmitirlo mejor sin por ello deformarlo o despreciarlo? Seguir leyendo…
Aunque sean odiosas, estamos acostumbrados a las comparaciones. Las hacemos permanentemente y en tanto que nuestros juicios de valor dependen de nuestra experiencia pasada, con la que comparamos el presente, esta actividad humana es muy importante. Dentro de la literatura hay un tipo muy especial de comparación es la metáfora: en ella el término que compara suplanta o sustituye al comparado, y eso nos ayuda a descubrir un nuevo mundo, una nueva realidad en la que aspectos inicialmente inconexos de la misma pueden encontrar relaciones muy profundas. El lenguaje metafórico puede parecernos difícil al principio: enigmático, misterioso, críptico, llega a tener apariencia de absurdo. Sin embargo, una mirada más atenta y delicada a la propuesta de la metáfora termina encontrando un sentido, una continuidad y una razón de ser de la metáfora. Por eso su etimología nos refiere a “llevar más allá“: la metáfora, al abrirnos un mundo, nos conduce al mismo, nos lleva más allá. Seguir leyendo…
Hace ya casi cuatro años que esta bitácora echó a andar. Y en este tiempo han pasado muchas cosas en el mundillo de las nuevas tecnologías, y particularmente también en este de las bitácoras. La mayoría de ellas, dicho sea de paso, intrascendentes para la vida de las personas que viven ajenas al mundo de los ordenadores (un grupo muy significativo, dicho sea de paso), y que no siquiera se preocupa de tener un correo electrónico. Hay vida, por lo que dicen, más allá de la pantalla y el “blog”. Para los que, sin embargo, vivimos esclavos del teclado, la anotación, la negrilla, la imagen y la foto, hay ciertos fenómenos que llaman la atención. Uno de ellos, por ejemplo, es la constante guerra de los hiladores de anotaciones contra la SGAE. Sociedad por la que, dicho sea de paso, no siento absolutamente ninguna simpatía. En algunos me parece unos auténticos aprovechados a la vez que me considero que de alguna manera ha de protegerse (y pagarse, claro…) el trabajo de quienes se dedican al mundo de la creación. Seguir leyendo…

Hoy arrancamos con una nueva categoría. Listas para pensar se va a llamar y pretende simplemente fomentar el debate elaborando una lista de motivos o una recopilación de ideas para extenderse por otras bitácoras (filosóficas o no, educativas o no, es decir, a todas las bitácoras). Aportaremos siempre 5 ideas, 5 orientaciones o 5 lineas distintas desde las que lanzar la discusión para que la continúe quien lo considere oportuno en su bitácora o en cualquier charla entre amigos. Aquí van los 5 motivos de hoy:
Todos sabemos como acaba el dicho: “Si la abuela tuviera ruedas, no sería la abuela, sería una bicicleta”. Un dicho popular que viene a ponernos los pies sobre la tierra: “una abuela con ruedas, ¿tu sabes lo que pides?” podría ser la respuesta de cualquiera que tratara de entender la frasecita. No es posible que las abuelas tengan ruedas, de la misma forma que no podemos volar. A veces empezamos a soñar: si se pudiera… y terminamos lejos, muy lejos de este mundo real en el que habitualmente nos movemos. Sin embargo, hay una actividad humana, la tecnología, que nos permite ir rompiendo el universo cerrado de las posibilidades. Si tuviéramos alas, podríamos volar alto, tan alto como Ícaro. Pero como nos las tenemos, hemos de conformarnos con nuestras pobres herramientas que no son otras que los brazos y las piernas. A no ser que alguien encuentre un modo alternativo de volar. Quizás se consiga con un aparato enorme propulsado por motores. Eso es la ciencia aplicada: ampliación de posibilidades. Seguir leyendo…
Al final de la República, Platón nos presenta un curioso mito, en el que aparece un armenio que volvió de la muerte y contó todo lo que había visto. Entre otras cosas, el mito incluye notas sobre la estructura celeste y también se nos habla de la inmortalidad del alma. Si hemos de dar crédito a las palabras de Er, al morir cada uno de nosotros llega a una gran llanura desde la cual, según haya sido nuestra vida, se nos envía a un periplo por el cielo o bien por la tierra. A la vuelta de este viaje, hemos de escoger cuál será nuestra vida futura. Y cuenta Platón, por boca de Er el armenio, cómo se despliegan ante el ser humano todo género de vidas: tiranos, ricos, famosos, agricultores, sabios… e incluso animales, pues bien pudiera ocurrir que un ser humano prefiera vivir como un animal antes que volver a experimentar en sus propias carnes la condición humana. No sé si es asombroso o no, pero los primeros en escoger su forma de vida escogen la del tirano, que no en vano acumula poder y riquezas a lo largo de toda su vida. ¿Quién renunciaría hoy en día a ser un hombre rico, poderoso, famoso? A renglón seguido, los que han optado por este género de vida comienzan a reflexionar y se dan cuenta de lo que va aparejado a este estilo de vida: traiciones, asesinatos, miedo, injusticias… y lamentan desde el principio la irresponsable elección que han realizado. Seguir leyendo…
Puede parecer una contradicción, pero ya se ha convertido en un lugar común aquello de que cuanto mayor es nuestro conocimiento, más grande es también nuestra conciencia de lo que ignoramos. Saber más implica, en cierto modo, saber menos. Saber hasta dónde podemos llegar, dónde están esas fronteras que jamás podremos traspasar. Y no sólo eso, sino que el progreso de la ciencia (nuestro mejor “producto” en el terreno del conocimiento) trae consigo un inquietante descubrimiento: la fragilidad de buena parte del conocimiento anterior. Las viejas verdades son exactamente eso, viejas, y ya no sirven tanto como nos habíamos pensado. El progreso del conocimiento científico pone de manifiesto que tampoco sus teorías son verdades absolutas: hay diferentes modelos y cada uno de ellos nos ayuda a responder preguntas distintas y cuenta con aplicaciones diversas. El relativismo es uno de los signos de nuestro tiempo y viene a actualizar una teoría ya antigua en filosofía: el escepticismo. Anunciar cualquier seguridad o certeza despierta recelo y sospecha y es el punto de partida para el despliegue de todo tipo de argumentos que puedan mostrar la debilidad de esa verdad que se creía firme. Se trata, en realidad, de una actitud propia de la filosofía que sin embargo puede tener consecuencias nefastas para la misma: de tanto ser escépticos, podemos anular la existencia de la filosofía. Seguir leyendo…
Un niño de primaria sabe menos que un niño de primaria. Y no es que quiera destrozar el concurso televisivo construido sobre varias falacias. La paradoja que inicia este párrafo es sólo aparente: lo único que pretendo resaltar con ella es que el olvido, el desaprendizaje, forma una parte inherente de todo proceso de aprendizaje. No se puede aprender nada nuevo sin antes haber desaprendido, sin que los contenidos antiguos abran espacio a lo nuevo. No se trata de que al estudiar un curso olvidemos absolutamente todo lo aprendido en el anterior, pero sí que vayamos modificándolo, integrándolo en lo nuevo, transformándolo. Un proceso que puede culminar perfectamente en el olvido, sobre todo cuando aquella información un día sabida deja de ser significativa, pierde relación con el contexto vital del sujeto o sencillamente no se utiliza. Como si de una ley lamarckiana del uso y del desuso se tratara, el sujeto ha de ser capaz de relacionar lo nuevo con lo viejo, si es que realmente desea aprender lo nuevo y conservar lo viejo. El aprendizaje deslabazado, desconectado, no puede recibir este nombre, y se ve mucho más afectado por el olvido que aquel en el que relacionamos contenidos. Así que nos vemos en una especie de carrera en espiral. Recorrer una vuelta completa a la misma significa haber alcanzado una nueva perspectiva, quizás sin siquiera haberse dado cuenta de los contenidos y procedimientos ya conocidos e implicados en el nuevo aprendizaje, y de aquellos que voluntaria o involuntariamente se van arrinconando. Seguir leyendo…