De Tales de Mileto a la NASA
Se venía hablando de ello en los últimos años y hace casi dos meses saltaba la noticia del hallazgo de agua en Marte. A partir de ahí se desatan las especulaciones (quien sabe si científicas o no) sobre la posibilidad de que exista vida extraterrestre, uno de los sueños de la ciencia ficción. La vieja intuición de Tales de Mileto cobra nueva actualidad: la conexión entre el agua y la vida fue intuida por el sabio griego y después confirmada y desarrollada por la ciencia, hasta el punto de que 26 siglos después seguimos siendo, en cierta forma, discípulos suyos. Hoy sabemos que nuestro cuerpo está formado principalmente por agua, y la teoría del caldo oceánico de Oparin establece un vínculo más científico que el de Tales entre el agua y la vida. Con todo, nuestro parentesco con el que es considerado el primer filósofo de la historia no se basa tanto en los contenidos cuanto en la actitud.





Una caracterización antropológica muy conocida es la del “homo ludens”: somos los homínidos que juegan. El juego se convierte en nuestra diferencia específica, lo que nos distingue del mundo animal. La tendencia a considerar el juego como algo infantil es errónea: los adultos han establecido sus propios juegos desde hace varios miles de años. Los deportes-espectáculo, desde los juegos olímpicos a las mejores ligas del mundo, no son más que la institucionalización de algo tan sencillo como el juego y la competencia por ganarlo. Las cartas, las damas, el dominó, el ajedrez o el parchís son ejemplos de juegos a los que todos hemos dedicado algunas horas a lo largo de nuestra vida. Y eso por no hablar de las videoconsolas de última generación y la cantidad de juegos en red que proliferan en la red: está claro que se dirigen a un público no precisamente adolescente.