Wall-E
Plantear como hipótesis que la única huella del paso de la humanidad sobre la tierra sean millones de toneladas de basura y una máquina es ya un toque de originalidad. Ciertamente, se encuentra en más de una novela de ciencia-ficción, pero eso no le resta valor a Wall-E, una película que por su formato está dirigida al público infantil, aunque esté llena de guiños a ideas que pueden servir para más de una asignatura. El catastrofismo inicial con el que empieza la película sitúa al ser humano como protagonista de la destrucción de la naturaleza. No sé si la hipótesis de que el futuro de la vida humana se encuentra en otros planetas resulta más creíble desde que el mismísimo Hawkings lo ha dicho, pero las imágenes iniciales de un planeta tierra devastado por la basura son desoladoras. Un planeta sin ningún rasgo de vida, sin movimiento que le anime, abandonado.





A muchos la expresión arte de masas les parece una contradicción. O bien es arte, o bien es “de masas” pero los dos conceptos son difícilmente conciliables. Como si se asumiera que lo que verdaderamente puede llamarse arte incluye una serie de características técnicas y culturales que lo alejan de la gran parte de la sociedad. Frente a esta crítica, la industria cultural se encarga de generar, promocionar y vender miles de millones anuales en música, cine y literatura, productos que nacen ya orientados a ingresar la lista de superventas. El concepto adquiere nuevos significados si lo enfocamos con cierta perspectiva histórica, desde la que cabe observar un doble proceso: manifestaciones artísticas que es un día fueron aprobadas por la “masa” han dejado de ser consideradas como arte, mientras que obras de arte ya populares en su día han sido confirmadas como tales por lo que podríamos denominar “el juicio de la historia“.