J.J. Rousseau
“El primer hombre a quien, cercando un terreno, se lo ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: «¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!»”
(Jean Jacques Rousseau, Discurso sobre la desigualdad entre los hombres)



Seguramente haya formas mucho más afortunadas de indicar que el consumo de la sociedad y sus actitudes en el mercado influyen en la economía: Hace un par de días se nos decía que la economía era también un estado de ánimo. Desde el consumidor que asustado mete su dinero en una caja de zapatos hasta la persona que lleva meses alumbrando una buena idea empresarial, pero le falta el valor de llevarla a cabo por la situación amenazante que vivimos, por falta de financiación o, quien sabe, por las trabas burocráticas. Afirmar que la economía es también un estado de ánimo es sin duda una proposición tan interesante como filosófica: a mi corto entender podemos encontrar sus raíces en la modernidad, periodo que precisamente suele estudiarse en estas fechas en segundo de bachillerato. Tanto el racionalismo como el empirismo implicaron un giro hacia la subjetividad. Para los primeros el mundo encuentra su fundamento, en un primer momento, en lo que el sujeto piensa del mismo, en las ideas. Para los empiristas, el mundo es lo que el sujeto percibe. LLevémoslo a la economía: no hay crisis, ni recesión, mientras no queramos que la haya. Seamos, pues, optimistas.
Mirar es una de las pasiones del ser humano. Decía Aristóteles que la vista es uno de los sentidos predilectos del ser humano. Hay algo de mágico en mirar, de poderoso. Algo que dota a los ojos y todo lo que registran de un poder especial. La mirada se asocia a veces al poder: gracias a la contemplación llegamos a dominar la naturaleza y gracias al espionaje el sujeto termina anulado por una red invisible que termina conociéndolo todo. La historia reciente de Europa incluye varios casos, y de los actuales no nos enteraremos hasta que pase el suficiente tiempo, como para que ya nada importe. La vida de los otros recupera precisamente este tema: los instrumentos de dominación del poder, y su capacidad para tocarlo todo, para configurar la realidad. No hace tanto que el poder político exigía no sólo cierta sumisión entendida casi como habitual en nuestros días: no se trataba sólo de integrarse en una forma de vida, sino de comulgar con ella, hasta el punto que pensar distinto era un acto de disidencia. Es entonces cuando mirar se convierte en una actividad esencial para el mantenimiento del sistema.
Quien más quien menos ha visitado alguna exposición artística a lo largo de su vida. Esta acostumbre suele acompañarse de la consabida “guía“, en múltiples formatos: un “especialista” que nos acompaña por las diferentes salas, un folleto que recoge la información más relevante o en los últimos años unos cascos a través de los cuales escuchamos una voz experta, capaz de revelarnos los secretos de la exposición. Tendemos a pensar que esta explicación es particularmente necesaria en el caso del arte contemporáneo: no sabemos lo que tenemos ante nuestros ojos y necesitamos que nos lo cuenten. O mejor dicho: sí que lo sabemos, pero no lo comprendemos. Como si el arte no pudiera entenderse de una forma directa o intuitiva acudimos a la compañía del que sabe. No por repetida deja de tener esta práctica tan habitual su miga filosófica: ¿Necesita el arte explicación? ¿Acaso no logran transmitirnos los artistas que visitamos? ¿Por qué necesitamos que el “lógos” complemente a la experiencia estética?