La peli y el libro
En una reciente conversación, me contaban que la adaptación cinematográfica de Ensayo sobre la ceguera de Saramago, titulada A ciegas, estaba bien pero que no alcanzaba ni mucho menos la brillantez del libro. “Como siempre”, fue una de las coletillas utilizadas. La experiencia no es novedosa, y la hemos podido escuchar en muchos lugares y ocasiones: el cine y la literatura mantienen relaciones fluidas, se intercambian materiales, textos y personajes. Sin embargo, algo debe perderse en este proceso, algo valioso y que provoca un resultado común: aquel que ha leído un libro suele quedar decepcionado ante su adaptación al cine. Mientras hablaba de esto, se me venía a la cabeza el Laocoonte de Lessing, un texto en el que el autor alemán compara la poesía y la escultura. Capacidad expresiva, limitaciones técnicas, posibilidades plásticas… Como no voy a estar a la altura de Lessing, sí que me atrevo hoy a proponer algunas ideas en torno a la relación entre cine y literatura, tratando de desvelar por qué la película no satisface al lector. Seguir leyendo…



La historia suscita cuestiones filosóficas variadas y estimulantes. Nos trae el pasado al presente, pone en relación tiempos diversos y plurales, compara formas de vida y de pensamiento. De hecho, puede convertirse incluso en un tema novelesco: puede que cualquier día el género de la historia ficción logre las cotas de popularidad de la novela histórica. Quién sabe. Una de las preguntas relacionadas con la filosofía de la historia consiste en plantear la posible repetición de sucesos del pasado: ¿Es posible, por ejemplo, que ocurra una tercera guerra mundial? Después de la experiencia del nazismo, ¿Podría volver a ocurrir que el totalitarismo fascita se instalara en algún gobierno europeo? El sedante de la costumbre y la cotidianidad nos lleva a rechazar tal hipótesis. Parece que contamos con mecanismos políticos y sociales suficientemente sólidos como para desechar tal hipótesis. Por el contrario, la película que presentamos hoy, plantea un argumento distinto: no se trata de una cuestión política, sino fundamentalmente psicológica. Es nuestra mentalidad la que puede predisponernos al totalitarismo.
Durante estos días, se exhibe por nuestro país Miley Ray Cyrus, conocida entre el público adolescente como Hannah Montana. Es difícil no toparse con ella: navegando por internet, leyendo el periódico o digiriendo el telediario. Lo más probable es que antes o después nos cuenten algo de este nuevo producto televisivo, artefacto de los cálculos mercadotécnicos. Algunas de las imágenes son abrumadoras: adolescente de 16 años acosada por miles de fans allá donde va. Si nos remitimos a la etimoología, la palabra adolescencia guarda cierta familiaridad con el adolecer. Se trata de un periodo de carencias. Algo que los “hacedores” de Hannah han invertido: han creado una chavala que se presenta ante su público como un icono, un ídolo al que imitar y seguir. Ninguna estrella adolescete es adolescente, y esta no es una excepción: la imagen pública transmite seguridad, equilibrio emocional, madurez e incluso ciertos valores morales. La publi y el disney logra que los adolescestes persigan y adoren a un modelo que psicológicamente vive en las antípodas de lo que ellos experimentan. Pero no es esta la única lección “antropológica” que podemos extraer del reclamo de la industria cultural.
Respondiendo al
¿Qué ocurre cuando la única manera de seguir vivo es romper con tus propios principios morales y colaborar con tu enemigo? La película que quisiera comentar hoy habla de la supervivencia. Sin más adjetivos. La situación que plantea es contradictoria y cruel: supongamos que unos prisioneros de los nazis son recluidos en un campo de concentración y se les pide que falsifiquen moneda (libras y dólares) como única vía de salvación. Conservar la propia vida a través de la técnica y al precio de traicionar a los seres más cercanos y queridos y también las propias convicciones morales. Más de una vez hemos hablado por aquí de los dilemas morales: para algunos compañeros distorsionan la enseñanza de la ética, pues presentan circunstancias extraordinarias. El caso es que hubo periodos históricos, como el nazismo, en los que lo extraordinario se volvió cotidiano, y en los que la categoría de ser humano, con todas sus letras, debía ser demostrada en cada una de las acciones y decisiones. La película de hoy nos habla precisamente de esto.