De lo inefable
Se dice que hace mucho, mucho tiempo se utilizaban rodeos lingüísticos para nombrar aquello que no se podía nombrar. Las etimologías de ciertas palabras se explican precisamente por este tabú lingüístico. Se trataba, en este caso, de una prohibición de tipo social: por las circunstancias que fuera, había motivos que se consideraban suficientes como para dejar de utilizar esta o aquella palabra. Si bien solían ser supersticiones, había otros casos: motivos políticos, sociales o simplemente históricos. Debajo de esta “inefabilidad” se escondía otras veces la psique humana: el miedo, el temor o el dolor, el sufrimiento o la pena. Nadie nombra la soga en casa del ahorcado, de la misma forma que el que juega con fuego se quema: puede perder la vida el que nombre al innombrable. La censura no deja de ser otro mecanismo de inefabillidad: el poder se impone de un modo tan dominante que elimina del lenguaje las palabras “comprometedoras”. Siempre hubo “neolenguas”. Ha habido momentos de la historia y aún existen lugares en los que gritar la palabra “libertad” supone un riesgo inmediato.



Eso de que el periodismo sea el cuarto poder no es ninguna tontería. Podríamos interpretarlo, incluso, en el sentido de Foucault: igual que el poder político “produce” ciudadanos (sujetos sujetados, agarrados por las ideas que es donde más duele) los medios de comunicación crean no sólo al ciudadano, que para eso están aliados con el poder político, sino también la realidad misma. Un caso bien sencillo y concreto es el siguiente: las noticias educativas. La semana pasada varios medios nos “sorprendieron” a todos con una noticia de calado, algo que nadie conoce: la iniciativa valenciana de informar a los padres por SMS y por Internet. El invento era “revolucionario” se nos decía: se podría estar al tanto en tiempo real de las faltas y notas de los alumnos. ¡Guau! Menudo notición. sobre todo si lo hubieran comentado hace cuatro o cinco años que si mal no recuerdo es el tiempo que se lleva utilizando la informática de gestión como herramienta indispensable en los centros. Cada comunidad tiene su sistema, ciertamente. Pero todas vienen ofreciendo desde hace mucho tiempo este tipo de servicios. ¿A qué viene tanta novedad? Bien sencillo: los que nos informan están desinformados.
No es que quiera darme un baño de populismo. Se trata sencillamente de una constatación. En los últimos días hemos asistido a la (bochornosa) manifestación de “artistas” de todo pelaje y condición, presionando al gobierno para controlar de una vez por todas la difusión de material protegido en la red. La situación es lamentable: los mismos que van por ahí presumiendo de ideología y haciendo gala de estar siempre del lado del débil y frente al poder desarrollan una forma de pensamiento curiosa cuando se les toca el bolsillo. Se ve que al mundo de la canción no ha llegado aún el fin de las ideologías: “vende” mucho ser comunista de palabra y capitalista en la forma de vida. Aparentar de “currela” en el escenario, ser un tío “cañí” con el micrófono en la mano, y mirar desafiante a quien se baja discos y películas, por la sencilla razón de que están arruinando a la música. De aquí a cinco años no habrá música, se nos dice. Hace falta tener una concepción pobre, limitada, mercantilista y miserable de una actividad tan ancestral como la música como para llegar a afirmar semejantes sandeces.
Hasta hace bien poquito, las manifestaciones artísticas de la más diversa índole guardaban cierta relación con lo sagrado, con el terreno de lo simbólico que ha venido ocupando, en su mayor parte, la religión. A todos nos han enseñado que cada estilo arquitectónico tiene su propia “espiritualidad”: del románico oscuro y “temeroso de Dios” al gótico luminoso. O lo que es lo mismo: del Dios escondido y al Dios que ciega con su presencia. Diferentes sensibilidades recogidas también por la pintura y la escultura, incluso mucho antes de la aparición del cristianismo: ahí están las esculturas griegas, recordándonos que una religión politeista y abierta formaba parte de la vida diaria de sus gentes, tan acostumbrados a ver y tratar don dioses como con sus propios vecinos. Era el tiempo del arte “cultual”, en el que la frontera entre el objeto artístico y el espectador prácticamente no existía: no se contemplaba el arte, sino que se “creía” en él. Lo que los autores de la escuela de Frankfurt llamaron “lo totalmente otro” ha sido expresado con muchas formas artísticas a lo largo del tiempo.