Una de las preguntas clásicas de la pedagogía trata de encontrar los motivos del aprendizaje: ¿por qué aprendemos las cosas? Es curioso comprobar, por ejemplo, qur la obligación es uno de sus motores principales: en cierta manera se podría considerar la maduración humana como un proceso en el que cada vez menos cosas se aprenden por obligación. Llega un momento en nuestras vidas en el que ya no aprendemos porque nos mandan y lo que nos imponen sino que somos capaces de seleccionar aquello que queremos aprender. El interés personal, entonces, guía nuestro desarrollo y cada cual escoge evolucionar en una u otra líneas. Interés en el que, por supuesto, es posible bucear: detrás de él puede esconderse la utilidad de lo aprendido, la recompensa obtenida tras el aprendizaje, el disfrute estético o intelectual… o simplemente, por qué no, la ganancia económica derivada de los nuevos conocimientos o habilidades. En todos estos aprendizajes “interesantes” ponemos todo de nuestra parte, lo cual explica en parte la diferencia que hay entre enseñar, por ejemplo, en un instituto de secundaria o en una escuela de idiomas, la universidad o una academia.
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