El sufrimiento humano: Kant y Nietzsche
Una de las consecuencias de no vivir en el mejor de los mundos posibles es el sufrimiento humano. No sólo las catástrofes naturales, sino por otras muchas causas: enfermedades, hambre, guerras… La identificación de la vida humana con el dolor es tan antigua como la civilización misma. No sólo está en la filosofía sino también en diversas tradiciones religiosas: cómo no se va a tener en cuenta en dolor dentro de cada cultura si es una de las experiencias universales por las que hemos de pasar todos los seres humanos. Si no queremos que nos unan valores morales universales podemos estar seguros de que lo hace la lágrima, la enfermedad y la precariedad. Tan sólo las falsas seguridades de cada día nos hacen percibir la vida de otra manera, estable, como si fuera a durar para siempre. Junto a las grandes tragedias simbolizadas en terremotos y huracanas están las cotidianas y silenciosas: el dolor de garganta que nos hace apreciar la salud, los accidentes domésticos que terminan en largos procesos de rehabilitaciones y la muerte que no para.



El mundo anda últimamente algo revuelto. Y con la palabra “mundo” me refiero, principalmente, a este suelo que pisamos, al agua que bebemos y el aire que respiramos. En pocas palabras: vamos de catástrofe en catástrofe. Inundaciones, terremotos, nevadas descomunales, maremotos… Basta tirar de la memoria reciente para darse cuenta de que el planeta no nos da tregua: 
La economía es una ciencia relativamente moderna, como todas, pero una “práctica humana” tan antigua como nuestra capacidad de pensamiento. No parece muy descabellado aceptar que la necesidad es la base de la economía, en tanto que es ella la que nos mueve a buscar recursos y establecer acuerdos, desde un mero trueque a la transacción comercial. La moneda representa, a este respecto, un gran progreso en la historia de la humanidad: establece criterios (más intersubjetivos o sociales que objetivos) para el intercambio de bienes y también para la valoración del trabajo. En cierta manera la moneda representa un mecanismo de distribución entre el mercado de trabajo y el de bienes o productos: en realidad, el salario implica una valoración (social y “monetaria”) de la actividad que se desempeña. Con esa “valoración” (traducida en una cantidad concreta de unidades) acudimos al mercado y accedemos a diversas posibilidades: los precios nos indican qué podemos y qué no podemos comprar. Una armonía prestablecida, absolutamente equilibrada (al menos idealmente). Como se ve, la economía no tiene tanto misterio como se pretende, ¿o sí?
En los círculos filosóficos los conceptos abstractos y las expresiones prácticamente incomprensibles conviven con argumentarios, formas de pensamiento fijas, sencillas y cercanas que aparecen por aquí y por allá, ofreciéndonos puntos de vista sobre el mundo que aplicar a diferentes ámbitos. Uno de estos razonamientos podría denominarse “el del niño sucio y la bañera”. O dicho de otra forma: queremos separar lo que no vale (la suciedad) de lo que sí (el niño) y esto sin adoptar la medida extrema de permitir que el niño se nos cuele por la bañera. La filosofía bascula entre extremos: los hay que no tienen reparos en ensuciar más y más al niño y los hay que no vacilan en dejar que el niño termine en las cloacas. El punto intermedio podría ser una buena imagen, a mi juicio, del pensamiento crítico: ir limpiando cuidadosamente al niño para que nada del mismo se pierda ni se dañe. Si alguien no se ha liado con la bañera, el niño y las tuberías, ofrecemos hoy cinco ejemplos en los que podría aplicarse esta figura del pensamiento, tan antigua como el propio Aristóteles y su aspiración a encontrar puntos intermedios.