Una persona normal
Hoy vamos a centrar nuestra atención en un concepto que no es propiamente filosófico y que, sin embargo, está presente en el pensamiento de la calle. Y no porque las aceras, de repente, hayan sufrido un ataque repentino de deseo filosofante sino por la sencilla razón de que el concepto en cuestión es utilizado por la práctica totalidad de humanos que las habitan. Me estoy refiriendo a la “normalidad” que suele acompañar, en forma de adjetivo, a tantas y tantas de las cosas y personas de las que hablamos. Si tuviéramos que definirnos, muchos de nosotros optaríamos por decir que somos “normales”. Pero hay mucho más: obligados a formarnos una idea de cómo son los demás, nos vemos empujados por una tendencia irresistible a etiquetarlos con el más insignificante de los adjetivos: “normal”. Así ocurre cada vez que los sucesos o las noticia trágicas saltan a la portada de la prensa: los vecinos de los asesinos, los terroristas o los ladrones declaran con asiduidad que eran “personas normales”. Y no lo dicen con ironía: no es que piensen que matar o robar sea una conducta habitual, sino que en su vida diaria estas personas se comportaban como el resto. Nada hacía presagiar lo que se traían entre manos.



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