El poder de los nombres
Acostumbrados como estamos a llamar las cosas por su nombre, no nos damos cuenta del enorme poder que nos confiere el lenguaje. Circunstancia de la que eran plenamente conscientes nuestros antepasados: en diversas mitologías los nombres tienen un carácter prácticamente divino. Se trata de herramientas tan prodigiosas que sólo los dioses pueden ser sus artífices: o bien son ellos los encargados de crear las cosas nombrándolas, o bien ceden el privilegio a los hombres, con que ya se está marcando la frontera respecto al resto de animales. Nombrar las cosas: algo tan aparentemente sencillo mantiene hoy connotaciones trascendentales, aunque no solemos reparar en ellas. Los padres que van a alumbrar un nuevo ser cavilan sobre su nombre, pensando en la influencia que este puede tener a lo largo de la vida del recién nacido. Algunos de ellos son descartados para evitar cualquier parecido con tal o cual persona que se llama de la misma manera, mientras que algunos de los escogidos suelen incluir significados simbólicos. Un nombre es también un destino, una vida. En otras palabras: los nombres son mágicos.




Hace muchos, muchos años, según cuentan los cronistas, acudió la célebre Carmina de Lomania a conocer a Diógenes de Sínope, el famoso filósofo cínico. El encuentro se produjo en las afueras de Atenas, pues ya para entonces habían desterrado a Diógenes por falsificar la moneda. La de Lomania mostró su interés por el cínico porque había oído hablar mucho de él en la ciudad: sus andanzas y anécdotas corrían de boca en boca y la pincelada pseudocultural se había puesto de moda en los ambientes más selectos, por lo que la curiosidad la empujaba a ver en directo a tan singular personaje. Además, siempre era buena cosa que otros ciudadanos la vieran acercarse al sabio de Sínope: adornando la visita de caridad y de interés filosófico mataría dos pájaros de un tiro. Estaba completamente segura de que al día siguiente no se hablaría de otra cosa en toda Atenas. Elegante pero discreta, no había que hacer ostentación, paseó por Atenas hasta tropezar con un anciano un tanto andrajoso y deaseado. Aunque resultaba desagradable hablar con él, le dijo lo siguiente: