Documentales, divulgación y darwinismo
En los tiempos que corren es difícil poner en duda que la televisión es uno de los focos creadores de opinión y conocimiento. Algo de lo que, por cierto, no sabe aprovecharse la filosofía: lo más que se ha llegado a conseguir es el programa argentino Filosofía aquí y ahora. Uno más de los muchos factores que contribuyen a consolidar su práctica desaparición de la esfera pública. Pero no es este el tema de hoy: más bien quería centrarme en cómo los contenidos científicos divulgativos que nos ofrece la televisión pueden provocar un efecto contrario al buscado: en vez de poner su granito de arena para que los no especialistas adquieran unos conocimientos esenciales sobre algún asunto científico, logran generar una apariencia de saber que está muy alejada de las teorías sostenidas por los científicos. De manera indirecta, una de las teorías más traicionadas es, a mi entender, la evolución de Darwin. Y no tengo en mente algunos programas monográficos, dedicados a su vida, su obra y su pensamiento, que se han proyectado en los últimos meses. Me estoy refiriendo a algo más mundano: los documentales de animales que tantas veces han precedido (o inducido) la siesta de cientos de miles de españoles.



Alguna persona imaginativa podría pensar que hoy sacaremos las críticas más aceradas en contra de una práctica tan extendida entre la juventud española (quizás como pura mímesis de los adultos que los educan) como es el botellón. Nada más lejos de mi intención. Es otra la botella a la que queremos darle alguna que otra vuelta hoy: hablaremos de la botella de la vida. Sé que la metáfora no es de las más lúcidas, y a buen seguro habrá por ahí quien esté más que dispuesto a mejorarla. Pero vamos al tema, que no es otro que la botella. La misma que en los juegos adolescentes gira sin parar hasta señalar al afortunado que tendrá que superar una prueba o recibir un beso del anterior elegido (o elegida, dependiendo de gustos y tendencias). El azar salvífico o condenatorio, que puede llegar a decantar el curso de nuestra vida. El cuello de botella trastocado en índice señalador de destinos, organizador de experiencias y vivencias. Somos, en cierto modo, lo que vivimos. Y esto nos hace ver la botella de varias maneras distintas.
Llevamos ya varias clases hablando de la filosofía aristotélica, y peleándonos con conceptos como el de sustancia, accidente, materia, forma… El pensador griego insiste en diversos lugares que la sustancia está compuesta por materia y forma: ambas son imprescindibles para que podamos emplear el término sustancia. La consecuencia de esto es doble: por un lado golpea en la línea de flotación del platonismo al negar la existencia de las ideas separadas de las cosas. Por otro lado, parece afirmar también que la materia, de por sí, no es nada. Precisamente porque puede serlo todo: un bloque de bronce es menos “sustancia” que una escultura, porque esta segunda tiene forma. Extraíamos en clase una conclusión complicada: la materia, de por sí, no es sustancia y sólo puede llegar a serlo cuando recibe la forma. Una montaña de virutas no tendría la misma entidad, por ejemplo, que una tabla de conglomerado, creada precisamente a partir de las virutas. Mientras andábamos con estos razonamientos, un alumno inteligente preguntó: ¿Qué tipo de entidad o sustancia es entonces el arte abstracto?
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