De lo caro y lo barato (en educación)
Desde que la TDT ha venido a salvar nuestras aburridas y anodinas vidas hay un entretenimiento más para ese tiempo muerto que son los anuncios: zapear. Se me dirá que ya se hacía antes. ciertamente, pero no con la profusión y profundidad que nos brinda el disponer de más veinte canales entre los que elegir. ¿Qué encontraremos en el próximo canal? Como diría un buen amigo: “nunca se sabe”. Teniendo en cuenta la calidad de nuestra oferta televisiva, el zapeo se puede convertir casi en un deporte de riesgo: se puede uno encontrar con auténtica demagogia. Al pasar por cierto canal de cuyo nombre no quiero acordarme, me topé con un anuncio en el que se comparaba el precio que el estado paga por cada alumno en la escuela pública y en la escuela concertada. Como era un anuncio televisivo no se especificaba cómo se había realizado el cálculo, pero sí se señalaba la diferencia escandalosa entre uno y otro sistema. El lema de conclusión rezaba más o menos: la enseñanza pública es más cara y de peor calidad. Por el cheque escolar, ya.




Cualquiera que haya visitado un museo habrá podido vivir una experiencia similar: de repente, en una de las salas, suena un teléfono móvil. Alguien lo abre, descuelga y comienza a hablar en voz baja. En unos instantes aparece el vigilante de la sala que amablemente le indica que en el museo no está permitido el uso de teléfonos móviles. La razón fundamental: el respeto debido a las obras que se está contemplando y a su autor. El arte cuenta hoy con su propia “liturgia”: no se acude a un museo de cualquier manera, sino que hay unas ciertas reglas que van más allá de lo que conviene a la correcta conservación de la obra. Es impensable, por ejemplo, que se permita beber o comer durante la visita a una exposición. Y la razón hay que buscarla más allá de la limpieza imprescindible en toda sala que incluya obras de arte: es cuestión de “educación”, “de saber estar”.
En estos días se cumplen los 75 años desde el estreno de