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Amar y conocer

¿Se puede amar lo que no se conoce? ¿Es el conocimiento una forma de amor? · Filosofía


Aparentemente el conocimiento y el amor no guardan mucha relación. A primera vista muchos pensarán que tomados así, en conjunto, no son un tema especialmente filosófico. Sin embargo, por debajo de esta oposición nacen incluso dos grandes formas de ver la vida que podrían representar incluso a dos grandes civilizaciones del mundo actual y de la historia. Por un lado, estaría occidente, que podríamos asociar a verbos como conocer, saber, interpretar. Oriente, por el contrario, es la civilización de los sentidos, que se podría simbolizar en verbos como amar, sentir, desear (con todas las reservas que el verbo desear puede provocar en los que practican el budismo). Se trata de dos grandes tópicos sobre oriente y occidente pero que resumen dos formas de vivir y de enfrentarse al mundo que nos rodea. Para algunos, esta oposición que están en la raíz de ambas civilizaciones es la causante de que resulte tan complejo el diálogo entre ellas.

La tensión entre el amar y el conocer viene ya de lejos. En el pensamiento clásico aparece ya la siguiente pregunta: ¿Es posible amar lo que no se conoce? Esta duda parece presuponer que es necesario cierto conocimiento mínimo, esencial, que es el que nos permite “elegir” si amamos o no eso que conocemos. De esta forma, el hombre empieza conociendo y sólo después desarrolla las actitudes de amor hacia las personas o las cosas. Primero la intelección, luego la pasión: racionalizamos lo que tocamos. Esto retrata, en cierta manera, la forma de ser occidental. Nada que ver con su opuesto: el amor a las cosas es lo que impulsa ya ese afán de conocer. Debajo de la ciencia o de cualquier forma de conocimiento alienta ya un cierto hálito de pasión, un interés, algo que nos mueve a conocer. El deseo y el sentimiento hunden sus raíces incluso por debajo del conocimiento. No hay ninguna forma de conocer que no nazca de un querer. ¿Acaso no implica esto que somos fundamentalmente pasión, deseo, ímpetu?

La oposición es mucho más rica de que en un principio se pueda suponer: sus consecuencias tocan la médula de la vida y del ser humano. Del amor al conocimiento al conocimiento del amor. Las combinaciones de vidas, valores y perspectivas son enormes: los resortes que nos mueven a actuar, pensar y vivir se sitúan en algún punto intermedio que combina de una forma u otra ambos elementos. Razón-sentimiento, conocimiento-amor, occidente-oriente: ¿hemos de pensarlo necesariamente como una oposición, como conceptos que tiran de nosotros en direcciones contrarias? Quien sabe: puede que amar sea una forma de conocer. Dedicando nuestro tiempo a lo que amamos logramos conocerlo. Al revés: conocer puede interpretarse como el amor “intelectual”, como el afán de descubrir y alcanzar los secretos de la naturaleza o las personas que nos rodean. Los científicos son grandes amantes: viven para el universo, para la célula o para la planta o la especie animal que estudian. Habitan el mundo con esa afición, terminan identificándose con ella. ¿Cómo pensar entonces el amor y el conocimiento? ¿Se oponen, se complementan se confunden?

§ | Miguel | 13/Nov/2008 | 13:02 | Añadir comentario | Añadir trackback

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Un comentario a “Amar y conocer”

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El Amor es lo primero.

Los trascendentales se convierten.

Amar, Entender, Libertad y Co-existir son los cuatro trascendentales personales propuestos por Leonardo Polo.

Otra cosa es el querer. Que está a nivel de la esencia humana.

Como las pasiones, los sentimientos y los deseos.

§1 | Joseph Kabamba | 15/11/2008 | 12:50

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