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Antropología y tolerancia

Etnocentrismo y relativismo cultural
La semana pasada alguien puso en los comentarios (con toda la razón del mundo) que cuando hablamos de arte y cultura siempre lo hacíamos de arte y se preguntaban si había algo sobre antropología. Y no es que no me guste la antropología sino que son tantos los temas que se agolpan que al final terminan saliendo (como es lógico) los más cotidianos, es decir, aquellos que salen en las clases. Para cuando comenzó todo este tinglado (hace casi un año y medio) ya había pasado los temas de antropología, y este año no me toca darla, así que se ha convertido en la gran olvidada. Pero ya se sabe, nunca es tarde si la dicha es buena, así que de vez en cuando irán apareciendo por aquí también cuestiones de antropología, que, dicho sea de paso, tienen mucho que decir en una buena cantidad de cuestiones filosóficas. Y es que si algo se aprende en antropología, entre otras cosas, es que el ser humano tiende a ser etnocentrista. Dicho de otra forma: tendemos a "medir" y valorar el mundo desde nuestros propios valores y marcos de pensamiento, de modo que lo nuestros es lo "normal", lo que todo el mundo hace, y lo que se salga de ahí es una pura extravagancia: "el mundo propio siempre es el mejor", que diría Silvio. A estas alturas, decir que esto no es así, sería descubrir el mediterráneo. Una de las cualidades de la antropología es, sin duda, la capacidad que tiene esta disciplina para abrir la cabeza al que se acerca a ella, para mostrarle que la realidad humana es extraordinariamente compleja, múltiple y diversa y que no podemos caer en un error tan simplón como el etnocentrismo. Así, la antropológía es un buen remedio contra el racismo, la intolerancia o la xenofobia. Ver que toda manifestación humana tiene un valor cultural innegable, y que merece la pena ser estudiado antes que ser despreciado. Ver, en definitiva, que el hombre y la cultura son realidades mucho más complejas de lo que parece, que la religión puede tener orígenes materiales o que las condiciones materiales pueden influir en la religión. Pero claro, entre tantas ventajas, algún peligro tenía que haber. Y este no es otro, a mi juicio, que el relativismo cultural. Una cosa es reconocer el valor cultural de una manifestación humana concreta y otra muy distinta decir que todas las culturas valen lo mismo, o que debemos comprender actos dudosamente justificalbes desde las variables culturales donde se practican. Aquí, como siempre, debemos recurrir a la crítica: en primer lugar a la de nuestra propia cultura, y después a las ajenas. Buscar un punto intermedio y sólido entre ambos peligros: entre un etnocentrismo orgulloso, basado en una vacía idea de progreso, y un relativismo cultural que nos puede llevar al todo vale.

"Una cosa es reconocer el valor cultural de una manifestación humana concreta y otra muy distinta decir que todas las culturas valen lo mismo, o que debemos comprender actos dudosamente justificalbes desde las variables culturales donde se practican". Podrias explicar esto un poco mas porque asi solamente puede dar una impresion confusa del sentido del comentario.

Lo que quiere decir esa frase es, sencillamente que la postura crítica respecto al etnocentrismo tiene el peligro de llevarnos al relativismo cultural. Un ejemplo: no se puede decir, por ejemplo, que está justificado que una mujer afgana lleve el burkha porque eso es una manifestación cultural. O, tampoco se puede decir, por poner otro ejemplo, que la pena de muerte está legitimada porque es una manifestación cultural de los países que la practican. En resumen, yo diría que no todas las culturas valen lo mismo, y que ante cualquier manifestación cultural debemos mantener una postura crítica, distinguiendo aquello que cada cultura puede tener de positivo, y de lo cual podemos aprender, de aquello que debería ser superado. Tanto en nuestra cultura, como en las ajenas.

Es importante tener una visión general porque lo que está bien y lo que está mal varía con el tiempo. En la Grecia clásica el esclavismo era considerado como necesario. En el siglo XXI se condena a quien lo practica y se suele considerar una aberración como atentado a los derechos humanos más fundamentales.