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Arte de mierda...

Sobre la seriedad del arte contemporáneo

Obra de Martin Kippenberger dañada por una limpiadoraHace unos días nos ponía cierta sonrisa en la boca la limpadora de un museo de Dortmund que había destrozado una obra de arte valorada en 800.000 euros. No es la primera vez que un suceso de este tipo aparece en los periódicos. Tan llamativo o más que el hecho en sí es la reacción que causa en la mayoría: en una gran minoría, preocupación y escándalo, mientras que una gran mayoría verá el asunto con indiferencia o incluso con sorna. Cualquier visitante habitual de los museos de arte contemporáneo que por el mundo habitan habrá pensado: "pues mira qué bien, con la de veces que me hubiera gustado a mi hacer lo mismo". Y es que el escándalo no es muy de recibo: si buena parte de la producción del arte contemporáneo renuncia a tomarse muy en serio a sí mismo, no hay motivo para la indignación.

Hemos visto lienzos en blanco. Hay melodías que constan sólo de silencio. Videoinstalaciones que consisten en poner una cámara siguiendo durante todo el partido a Zinedine Zidane. Obras de arte que son, sencillamente, la habitación de la artista y sus desechos en una época de depresión. Recuerdo con especial simpatía una última cena integrada por cadáveres, recubierta de una lona negra de plástico, en la que el artista había montado una juerga, depositando en ella colillas, alcohol, drogas y restos de fluidos sexuales. Y abundan las obras en las que el visitante puede hacer su propia aportación: tocar la obra, faltaría más, pero también añadir pintura, retocar, quitar... Uno de los principios esenciales del arte contemporáneo es precisamente "rompe las normas". La libertad creativa es valor absoluto, y también la pervivencia de la obra a lo largo del tiempo, que puede evolucionar integrando múltiples modificaciones. Esto es fácil de decir, aplaudir y comprar, pero quizás debamos reconsiderar ciertas actitudes antiguas que pertenden casi "sacralizar" la obra.

La intervención de la limpiadora, siendo coherentes con algunos de los principios enunciados antes, no es agresiva con la obra, sino que la reinterpreta. Tenemos que saber leer su actuación estética, superando los límites espaciotemporales del museo. Quitar la cal de la obra nos invita a una profunda reflexión en torno a la burbuja inmobiliaria y el afán constructor-destructor del ser humano. La limpiadora ha completado la obra llevándola hasta sus límites expresivos: nos ha hecho ver que toda obra de arte tiene que estar en diálogo vivo y permanente con su tiempo. Ha innovado con nuevos materiales artísticos y estéticos: la lejía y el agua como formas de expresión, tan incrustadas en nuestra propia naturaleza como inexploradas hasta ahora en el mundo de la creación. De manera que, siendo coherentes con lo que nos vende el arte contemporáneo, deberíamos aceptar que la obra ha duplicado su valor, y la artista responsable merece ser recompensada. Incluso, por qué no, con una exposición dedicada. Con sus cubos, sus fregonas, sus mascarillas y sus productos químicos correspondientes. No vaya a ser que ella, la artista, sea la gran perjudicada, y la envíen a engrosar las listas del paro. Entonces, podrá decir con toda la razón del mundo: "Arte de mierda..."