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Arte y materialismo

¿Es posible un arte materialista?

Las teorías materialistas parecen irse imponiendo en el panorama intelectual. Son minoría ya los autores que hablan abiertamente de la mente (la palabra "alma" quedó proscrita de la filosofía hace ya décadas) y menos aún los que se atreven a incluir la palabra Dios en cualquiera de sus escritos, a no ser que sea para demostrar de manera definitiva y concluyente, es decir, una vez más, que no existe. Todo lo contrario: el materialismo se expande por doquier. Todos estamos seguros y convencidos de ser descendientes directos de aquella gran explosión que le puso las pilas al universo y a la vida. El caso es que ante este nuevo dogma que sustituye al anterior, se encuentra uno con cierta realidad que está entre dos aguas y mal sentada: el arte. Cualquier objeto artístico está integrado, qué duda cabe, por materia. A excepción quizás de la música, que puede explicarse sin embargo como un juego de ondas sonoras. La cuestión que quería traer hoy a debate es la siguiente: si aceptamos un materialismo consecuente, ¿estaríamos legitimados para atribuir valor alguno a las obras de arte"

Un ejemplo sencillo: si todo es materia en movimiento y transformación, no hay razón alguna por la que la materia depositada sobre una tela que lleva por título Las meninas, tenga un valor superior a los churretes que, sobre una tela del mismo material, podría hacer cualquier chaval de educación infantil. Si todo es materia, vale todo lo mismo y la tarea de conservar una obra de arte no deja de ser la expresión de un deseo vano, vacío. Bien podría un materialista coherente echar todas las obras de Goya al fuego en una fría noche de enero, convencido de que la energía que va a conseguir, aunque sólo sea por la combustión de los marcos, será en ese momento preferible a conservar de forma totalmente pasiva los cuadros colgados en una pared, por mucho goce estético que nos puedan proporcionar. Al fin y al cabo, nuestra sensación de gusto se verá colmada también con otras obras que podrían ser consideradas irrelevantes por los historiadores del arte, como la colección de creaciones pintadas por los alumnos de cualquiera de los cursos de iniciación a la pintura que se pueden realizar en los centros cívicos.

Es este sin duda uno de los mayores problemas del materialismo: si todo es materia, no hay valor alguno. Ni ético, ni estético. El negativo de esta idea nos ofrece una visión del arte que puede resultar incluso molesta: de una forma u otra, el arte tiene algo de "divino", o si se quiere "místico". Pone al ser humano en contacto con un orden distinto al que se está realizando junto a la obra. No estoy queriendo afirmar que el arte vaya ineludiblemente ligado a la religión, pero sí que es difícil pensar un arte materialista, una obra de arte que cierre el mundo en su composición material, y ya. La sugerencia, la evocación o lo simbólico parecen desterrados de una realidad que se agota en los átomos y el vacío. Y hemos de tener cuidado si pretendemos abrirle la puerta: no vaya a ser que entren por la rendija no sólo las obras de arte deseadas y que puedan resultar afines, sino también otras manifestaciones culturales humanas como la misma religión. A este respecto ha de tener cuidado el pensador materialista, ya que el arte bien podría ser el caballo de Troya que lleve a todos los dioses de la historia escondidos en su panza.