¿Es la justicia un asunto procesal?
La justicia es, sin lugar a dudas, uno de los pilares fundamentales de la democracia. Tendemos a pensar que consiste principalmente en cumplir con las leyes, por lo que de manera implícita estamos dando por sentado que las leyes también son justas. La justificación de la justicia (valga la redundancia) se transforma en la democracia en un largo proceso: la sociedad aprueba una constitución, una ley fundamental que establece un nuevo procedimiento, encargado de fijar cómo se aprobarán las leyes y cómo se velará por su cumplimiento. Así surge el parlamento, legitimado para legislar a partir de una votación. Y, por otro lado, un poder judicial que nunca puede extralimitarse en sus funciones: no puede dictar sentencia en función de gustos o preferencias personales, sino tan sólo teniendo en cuenta la ley. Única y exclusivamente la ley. Lo malo del asunto es que todo este intrincado mecanismo legal no es justo. O expresado de otra manera: hay casos en los que choca frontalmente con lo que una gran mayoría, de una forma más o menos intuitiva, entiende como justo.



Decíamos hace unos días que
A riesgo de que alguien se enfade conmigo, he de reconocer que durante los seis años que viví en Miranda de Ebro no fui ni una sola vez al estadio a ver al Mirandés. Nunca terminé de entender del todo cómo era posible que hubiera tanto entusiasmo por un equipo que jugaba, de aquellas, en tercera división. El caso es que ahora, que no está mucho más lejos se ha convertido en el equipo de moda. Y he de decir que me alegro, principalmente por todas las personas que conozco y que sí sienten la emoción de seguir al equipo de su vida. Aunque sólo sea por ellos, la fiesta del pasado martes ya está justificada. Lo que no comparto, y me resulta casi hasta molesto, es el discurso generalizado que se va imponiendo alrededor del mirandés. Los periodistas deportivos han destrozado los tópicos de tanto repetirlo: “esto es el fútbol”, “la magia del fútbol”, “este es el fútbol de verdad”… y otras tantas frases, a las que también se han sumado las grandes figuras nacionales.
Distinguir la ciencia de la pseudociencia es uno de los problemas clásicos de la filosofía. El propio planteamiento implica ya una toma de partido: la ciencia es “lo bueno”, “lo verdadero”, mientras que la pseudociencia es “lo malo” y “lo falso”. Así, sin mayores explicaciones ni desarrollos. Se trata de fijar un criterio que separe lo que tiene que estar de un lado, de todo aquello que pretende engañarnos, hacerse pasar por lo que no es. Para eso está la comunidad científica y la academia: para decir que lo que ellos hacen es ciencia, mientras que lo que hacen los demás no lo es. Todo sería sencillo, y estaríamos de acuerdo, si tenemos que elegir entre el tarot y la astronomía, el horóscopo y la física. Pero el asunto se complica cuando posamos nuestros ojos sobre la medicina naturista, la homeopatía o la acupuntura. Y se termina de enrevesar cuando incluso la propia ciencia toma apariencia de pseudociencia. Me estoy refiriendo a un tema que no deja de estar en boca de la gente: los medicamentos genéricos.
Esta frase, o una muy similar, forma parte del acontecer protocolario de cualquier competición. Todos hemos escuchado alguna vez la coletilla: “de buen nacidos es ser agradecidos”. ¿En todo momento y ocasión? ¿Incluso aunque no haya motivos para el agradecimiento? Vamos al caso: Rafa Nadal pronunció este agradecimiento hace dos días, después de ganar su sexto título en Roland Garros. El gesto ha despertado incluso