Puntualidad, etnocentrismo y vuvuzelas

Un mundial de fútbol es un evento deportivo, pero también político, económico, social y cultural. Poco importa la situación real del continente africano y más particularmente la de Sudáfrica: este país va a ser para el mundo lo que durante estas semanas se pueda ver a través de la televisión. Así de estúpidos somos los occidentales. Escuchaba ayer unas declaraciones del presidente de la Federación española, afirmando que el mundial estaba siendo un éxito organizativo y que iba a ser el mejor de la historia. Minutos después, los periodistas comentaban que para ellos la excelencia organizativa comenzaría cuando algo tan indispensable como el autobús funcionara con un mínimo de puntualidad, que se cifraba en quince minutos de adelanto o de retraso sobre el horario previsto. En otra cadena de radio se hacían eco de la posible prohibición de las vuvuzelas, esa especie de trompetilla que los sudafricanos hacen sonar durante los 90 minutos del partido. Información más que suficiente para pasar un buen rato con una pequeña reflexión filosófica, dedicada a todos aquellos que no les gusta el fútbol.



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El mundo anda últimamente algo revuelto. Y con la palabra “mundo” me refiero, principalmente, a este suelo que pisamos, al agua que bebemos y el aire que respiramos. En pocas palabras: vamos de catástrofe en catástrofe. Inundaciones, terremotos, nevadas descomunales, maremotos… Basta tirar de la memoria reciente para darse cuenta de que el planeta no nos da tregua:
La economía es una ciencia relativamente moderna, como todas, pero una “práctica humana” tan antigua como nuestra capacidad de pensamiento. No parece muy descabellado aceptar que la necesidad es la base de la economía, en tanto que es ella la que nos mueve a buscar recursos y establecer acuerdos, desde un mero trueque a la transacción comercial. La moneda representa, a este respecto, un gran progreso en la historia de la humanidad: establece criterios (más intersubjetivos o sociales que objetivos) para el intercambio de bienes y también para la valoración del trabajo. En cierta manera la moneda representa un mecanismo de distribución entre el mercado de trabajo y el de bienes o productos: en realidad, el salario implica una valoración (social y “monetaria”) de la actividad que se desempeña. Con esa “valoración” (traducida en una cantidad concreta de unidades) acudimos al mercado y accedemos a diversas posibilidades: los precios nos indican qué podemos y qué no podemos comprar. Una armonía prestablecida, absolutamente equilibrada (al menos idealmente). Como se ve, la economía no tiene tanto misterio como se pretende, ¿o sí?
No son pocos los que se sientan delante de la tele con la simple intención de curiosear otros lugares y otras gentes. Ahora que la crisis nos ha hecho tomar conciencia de qué o quiénes somos, la televisión se ha convertido en una forma barata de viajar. Con un añadido extra: no sólo consigues una panorámica del paisaje, los mumentos o los museos. De una forma superficial te acercas también a la vida de los que están dispuestos a acompañarte por el paseo televisivo. Sin embargo, la proliferación de programas dedicados a los viajes no debería servir sólo para el folclore, la curiosidad o el detalle histórico y cultural. Todo esto está bien, pero los viajes “televisados” tienen aún algo más que ofrecer: deberían movernos a la reflexión. Algo de filosófico hay en todo viaje, en el conocimiento de otras formas de vivir y hoy quisiera destacar al menos tres: el descentramiento, la evasión y el ocultamiento. Tres sustantivos que de una forma u otra aparecen en muchos de estos programas. Vamos a ver ahora qué es lo que se quiere decir con cada uno de ellos.
No es que quiera darme un baño de populismo. Se trata sencillamente de una constatación. En los últimos días hemos asistido a la (bochornosa) manifestación de “artistas” de todo pelaje y condición, presionando al gobierno para controlar de una vez por todas la difusión de material protegido en la red. La situación es lamentable: los mismos que van por ahí presumiendo de ideología y haciendo gala de estar siempre del lado del débil y frente al poder desarrollan una forma de pensamiento curiosa cuando se les toca el bolsillo. Se ve que al mundo de la canción no ha llegado aún el fin de las ideologías: “vende” mucho ser comunista de palabra y capitalista en la forma de vida. Aparentar de “currela” en el escenario, ser un tío “cañí” con el micrófono en la mano, y mirar desafiante a quien se baja discos y películas, por la sencilla razón de que están arruinando a la música. De aquí a cinco años no habrá música, se nos dice. Hace falta tener una concepción pobre, limitada, mercantilista y miserable de una actividad tan ancestral como la música como para llegar a afirmar semejantes sandeces.
En apenas unos días volveremos a vivir uno más de los partidos del siglo que tocan en este año. La ironía pretende ser sólo aparente: el interés social (e incluso internacional) que despiertan este tipo de partidos es innegable. Es difícil encontrar cualquier otro espectáculo de masas capaz de convocar a tanta gente y generar tanta controversia: aquellos que han “mamado” el fútbol desde pequeños no pueden evitar que estos partidos marquen las fechas señaladas en el calendario. Para los seguidores más apasionados, se convierte casi en una religión: cada equipo tiene sus credos particulares, existen dioses (o semidioses) y todo partido cuenta con su ritual correspondiente. En fin, que hay filosofía para dar y tomar alrededor del balón y sus “golpeadores”. Tomemos, por poner un ejemplo, una pregunta relativamente sencilla: ¿De qué equipo eres? De partida la pregunta tiene su miga: decimos “ser” de un equipo, y renunciar a esta posibilidad es, para los forofos incondicionales, despreciar una de las maneras de ser fundamentales. ¿Qué es lo que determina ese “ser”? ¿Por qué elegimos apoyar a un equipo o a otro?