La vergüenza
Dice el diccionario de la RAE que la vergüenza es “turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena”. Los psicólogos afirman que es un sentimiento “natural”: diversos estudios realizados con niños demuestran que cuando estos se equivocan o cometen algún error reaccionan mirando al suelo o tapándose la cara con las manos. Una reacción similar, por cierto, a la de los primates superiores. La fuerza de la cultura logra reprimir este sentimiento hasta límites insospechados, llegando incluso al punto de aniquilarlo por completo. Bastaría plantear un ejercicio tan sencillo como, quizás demoledor: ¿Seríamos capaces de identificar situaciones cotidianas en las que las personas que hacen algo mal reconocen el hecho y piden disculpas o se avergüenzan del mismo? Seguir leyendo…



Durante estos días, se exhibe por nuestro país Miley Ray Cyrus, conocida entre el público adolescente como Hannah Montana. Es difícil no toparse con ella: navegando por internet, leyendo el periódico o digiriendo el telediario. Lo más probable es que antes o después nos cuenten algo de este nuevo producto televisivo, artefacto de los cálculos mercadotécnicos. Algunas de las imágenes son abrumadoras: adolescente de 16 años acosada por miles de fans allá donde va. Si nos remitimos a la etimoología, la palabra adolescencia guarda cierta familiaridad con el adolecer. Se trata de un periodo de carencias. Algo que los “hacedores” de Hannah han invertido: han creado una chavala que se presenta ante su público como un icono, un ídolo al que imitar y seguir. Ninguna estrella adolescete es adolescente, y esta no es una excepción: la imagen pública transmite seguridad, equilibrio emocional, madurez e incluso ciertos valores morales. La publi y el disney logra que los adolescestes persigan y adoren a un modelo que psicológicamente vive en las antípodas de lo que ellos experimentan. Pero no es esta la única lección “antropológica” que podemos extraer del reclamo de la industria cultural.
Ayer asistimos a una señal más del inexorable paso del tiempo. Nietzsche se equivocaba, al menos desde la perspectiva individual: no hay eterno retorno. Muy al contrario: hay procesos que no se repiten nunca. Jamás volveremos a ser lo que fuimos. El llanto de Federer en la pista de Australia cumple el imperativo del pensador alemán: “¡Sed como niños!” La figura del niño como propuesta moral, pero aplicada de un modo que quizás no estuviera en la crítica mente de Nietzsche: el juego inconsciente e ingenuo se ha transmutado en las lágrimas de quien día a día comprueba que ya no es el campeón que era, sea porque va perdiendo sus facultades o porque otros mejoran en su juego. “Esto me va a matar“. Efectivamente. No importa que “esto” sea un récord que se le resiste al mejor jugador de todos los tiempos, que “esto” se refiera al que se ha convertido su gran rival o que “esto” sea simplemente la constatación de que se han perdido las fuerzas, de que hay una nueva generación que ha venido para sustituirte. Al final, nada de eso te mata. El tiempo se encarga, él solito, de hacerlo.
Seguramente haya formas mucho más afortunadas de indicar que el consumo de la sociedad y sus actitudes en el mercado influyen en la economía: Hace un par de días se nos decía que la economía era también un estado de ánimo. Desde el consumidor que asustado mete su dinero en una caja de zapatos hasta la persona que lleva meses alumbrando una buena idea empresarial, pero le falta el valor de llevarla a cabo por la situación amenazante que vivimos, por falta de financiación o, quien sabe, por las trabas burocráticas. Afirmar que la economía es también un estado de ánimo es sin duda una proposición tan interesante como filosófica: a mi corto entender podemos encontrar sus raíces en la modernidad, periodo que precisamente suele estudiarse en estas fechas en segundo de bachillerato. Tanto el racionalismo como el empirismo implicaron un giro hacia la subjetividad. Para los primeros el mundo encuentra su fundamento, en un primer momento, en lo que el sujeto piensa del mismo, en las ideas. Para los empiristas, el mundo es lo que el sujeto percibe. LLevémoslo a la economía: no hay crisis, ni recesión, mientras no queramos que la haya. Seamos, pues, optimistas.