Economía y moral
Llevan los periódicos varios días echando humo con el aunto de la denuncia al director del FMI. Uno de los efectos inmediatos ha sido, según dicen los expertos, la caída de los mercados. Algo que resulta especialmente simbólico, pues nos sirve de ejemplo para una vieja cuestión: la separación entre la virtud, que pertenece al terreno de la moral, y la profesionalidad que se encuadra dentro de lo que ha dado en llamarse “vida laboral”. No importa que sea o no buena persona, lo que importa es que trabaje bien, hemos escuchado decir más de una vez. Un ejemplo muy repetido nos lo ofrece la televisión: House. Mientras cure, adelante con él. Está claro que el caso actual va más allá de la oposición moral/inmoral en tanto que estamos hablando de un delito de agresión sexual, pero de no ser así, la opinión general iría en la misma linea: nos da absolutamente igual lo que el director del FMI haga con su vida privada, siempre y cuando tome las decisiones adecuadas al mando de su organismo. La separación entre vida privada y vida pública tan propia del liberalismo parece plantearnos un problema difícil: ¿Acaso es tan sencillo o razonable que cumpla como “buen profesional” quien no es “buena persona”?



Real Madrid y Barcelona se necesitan mutuamente: el uno es impensable sin el otro. Desde hace décadas mantienen una relación de oposición. Los años de gloria del Madrid coinciden, por lo general, con las horas bajas del Barcelona, y a la vicecontra. Representan a la perfección el teatro dramático, trágico y épico en el que las televisiones y los millones de euros han convertido al mal llamado deporte rey. Si los originales guionistas de los informativos pasan todo el año buscando películas y pesonajes de ficción con los que comparar a ambos equipos y sus principales figuras, por algo será. En la actualidad, ambos clubes aparecen representados por sur respectivos entrenadores: Mourinho y Guardiola son “marcas” de sus equipos, auténticos iconos. Ambos simbolizan dos maneras de entender el fútbol: dos filosofías, en un sentido que nada tiene que ver con el académico. No se trata sólo de dos concepciones distintas del juego, sino que habría que hablar de dos ethos distintos, dos caracteres que se expresan no sólo en el terreno de juego, sino también fuera del mismo.
Llevamos ya varias semanas de revueltas y movilizaciones en algunos países árabes. Occidente mira con expectación y respeto al desarrollo de los acontecimientos si nos fiamos de la versión oficial. Si queremos ser desconfiados, se podría pensar que mueve los hilos por detrás, alentando a unos con la venta de armas, más o menos encubierta, o con estrategias aún más oscuras y escondidas. Independientemente de la interpretación que nos resulte más querida, ahí están los grandes medios de comunicación para servírnoslo todo en bandeja: gracias a los diarios digitales y las redes sociales, podemos “seguir la actualidad al minuto”. Se da rienda suelta a las autopistas de la información, y se moviliza a los mejores analistas de cada bando, que elaboran análisis profundos y sesudos de un país, de una situación, de un conflicto, que hace un mes no interesaba a nadie y que dentro de dos habrá caído en el olvido. Con la reconfortante seguridad, eso sí, de haberlo seguido todo minuto a minuto.
Mientras terminábamos la explicación de la política de Aristóteles, ha surgido en las clases de 2º de bachillerato el debate en torno a la democracia como sistema político y las condiciones necesarias para su mantenimiento. Según Aristóteles, la clase media es la columna vertebral de la sociedad. Ninguna formación política democrática puede subsistir sin una clase media amplia, que sirva de motor para el desarrollo social y de colchón amortiguador de los posibles golpes, como puede ser la guerra (o la crisis económica). La cuestión parece confirmarse si centramos nuestra atención en muchas democracias inestables de nuestro mundo: junto a una mayoría de personas en el umbral de la pobreza, convive un pequeño grupo de ricos y privilegiados. La sociedad está fracturada o, expresado de una forma más dura, sencillamente no existe sociedad alguna. Otra de las ideas aristotélicas apunta a que cada ciudad, por su organización política, proyecta una forma de vida particular, crea una forma de ser, un “ethos”. O dicho de otra forma: que si crecemos acostumbrados a la democracia viviremos de un modo democrático, en tanto que cada forma de gobierno crea una “cultura política”. ¿Tenía razón en todo esto el pensador griego?