Manzanas traigo
Vivimos en los tiempos de la confusión. O probablemente la confusión lleve acompañándonos desde hace ya siglos, y el ser humano se caracterice precisamente por lo opuesto al pensamiento: aquello de la claridad de ideas y la distinción no es nuestro fuerte. Está ya en la cultura popular: “¿De dónde vienes? Manzanas traigo”. O cantado incluso a ritmo de jota: “Como sé que te gusta el arroz con leche, por debajo la puerta te echo un ladrillo”. La misma linea de pensamiento es la que reina en muchos medios hoy: “Como un terremoto provoca una ola que se ha cargado una central nuclear, vamos a atacar la política energética”. Causas y efectos entremezclados. Algo que generalmente se aprende a separar incluso en 4º de ESO, cuando se plantea un cuento con distintos personajes que interactúan produciendo una fatal consecuencia. ¿Cuál de todos los personajes es el responsable? Nosotros lo tenemos muy claro: la responsable de todo es la energía nuclear. Todo es cuestión de darle la vuelta a la historia: al final será una central nuclear la que ha provocado un terremoto que ha terminado volviéndose en su contra.



Llevamos ya varias semanas de revueltas y movilizaciones en algunos países árabes. Occidente mira con expectación y respeto al desarrollo de los acontecimientos si nos fiamos de la versión oficial. Si queremos ser desconfiados, se podría pensar que mueve los hilos por detrás, alentando a unos con la venta de armas, más o menos encubierta, o con estrategias aún más oscuras y escondidas. Independientemente de la interpretación que nos resulte más querida, ahí están los grandes medios de comunicación para servírnoslo todo en bandeja: gracias a los diarios digitales y las redes sociales, podemos “seguir la actualidad al minuto”. Se da rienda suelta a las autopistas de la información, y se moviliza a los mejores analistas de cada bando, que elaboran análisis profundos y sesudos de un país, de una situación, de un conflicto, que hace un mes no interesaba a nadie y que dentro de dos habrá caído en el olvido. Con la reconfortante seguridad, eso sí, de haberlo seguido todo minuto a minuto.
Mientras terminábamos la explicación de la política de Aristóteles, ha surgido en las clases de 2º de bachillerato el debate en torno a la democracia como sistema político y las condiciones necesarias para su mantenimiento. Según Aristóteles, la clase media es la columna vertebral de la sociedad. Ninguna formación política democrática puede subsistir sin una clase media amplia, que sirva de motor para el desarrollo social y de colchón amortiguador de los posibles golpes, como puede ser la guerra (o la crisis económica). La cuestión parece confirmarse si centramos nuestra atención en muchas democracias inestables de nuestro mundo: junto a una mayoría de personas en el umbral de la pobreza, convive un pequeño grupo de ricos y privilegiados. La sociedad está fracturada o, expresado de una forma más dura, sencillamente no existe sociedad alguna. Otra de las ideas aristotélicas apunta a que cada ciudad, por su organización política, proyecta una forma de vida particular, crea una forma de ser, un “ethos”. O dicho de otra forma: que si crecemos acostumbrados a la democracia viviremos de un modo democrático, en tanto que cada forma de gobierno crea una “cultura política”. ¿Tenía razón en todo esto el pensador griego?
El 
Hace muchos, muchos años, según cuentan los cronistas, acudió la célebre Carmina de Lomania a conocer a Diógenes de Sínope, el famoso filósofo cínico. El encuentro se produjo en las afueras de Atenas, pues ya para entonces habían desterrado a Diógenes por falsificar la moneda. La de Lomania mostró su interés por el cínico porque había oído hablar mucho de él en la ciudad: sus andanzas y anécdotas corrían de boca en boca y la pincelada pseudocultural se había puesto de moda en los ambientes más selectos, por lo que la curiosidad la empujaba a ver en directo a tan singular personaje. Además, siempre era buena cosa que otros ciudadanos la vieran acercarse al sabio de Sínope: adornando la visita de caridad y de interés filosófico mataría dos pájaros de un tiro. Estaba completamente segura de que al día siguiente no se hablaría de otra cosa en toda Atenas. Elegante pero discreta, no había que hacer ostentación, paseó por Atenas hasta tropezar con un anciano un tanto andrajoso y deaseado. Aunque resultaba desagradable hablar con él, le dijo lo siguiente:
Hay recuerdos que marcan a toda una generación, para bien y para mal. Canciones, programas televisivos, glorias deportivas… imágenes que se guardan en la retina para siempre. Mi adolescencia y la de otros tantos millones fue invadida no hace tiempo por un nuevo “deporte” que venía de los EEUU: el