La libertad del artista
Desde que el hombre comenzó a pintar cuevas y adornarse, tuvo siempre un referente, un tema, un contenido que embellecer. En definitva: el artista contó con una materia, entendida no cómo lo que se usa para hacer arte (pintura, notas musicales, mármol o barro, igual da) sino como aquello que se quería expresar. Según los antropólogos, las primeras manifestaciones artísticas tenían una resonancia religiosa: a través del arte se pretendía honrar a los dioses e indirectamente controlar las fuerzas de la naturaleza. Más ejemplos: existe también un arte mundano y pagano, dedicado a cantar y glosar los placeres de la vida, y otro que se ve obligado a retratar o servir al poder político de cada época: arquitectura pensada para asombrar y acongojar a quien la contempla, subyugado bajo el poder que transmite, o retratistas obligados a convertir los rostros de reyes y nobles en iconos universales de la historia del arte. Tema impuesto desde fuera, que el artista era capaz de trascender y convertir en obras maestras que seguirán siendo admiradas y contempladas siglos después. ¿Impedían estos condicionantes el desarrollo del arte?



Hasta hace bien poquito, las manifestaciones artísticas de la más diversa índole guardaban cierta relación con lo sagrado, con el terreno de lo simbólico que ha venido ocupando, en su mayor parte, la religión. A todos nos han enseñado que cada estilo arquitectónico tiene su propia “espiritualidad”: del románico oscuro y “temeroso de Dios” al gótico luminoso. O lo que es lo mismo: del Dios escondido y al Dios que ciega con su presencia. Diferentes sensibilidades recogidas también por la pintura y la escultura, incluso mucho antes de la aparición del cristianismo: ahí están las esculturas griegas, recordándonos que una religión politeista y abierta formaba parte de la vida diaria de sus gentes, tan acostumbrados a ver y tratar don dioses como con sus propios vecinos. Era el tiempo del arte “cultual”, en el que la frontera entre el objeto artístico y el espectador prácticamente no existía: no se contemplaba el arte, sino que se “creía” en él. Lo que los autores de la escuela de Frankfurt llamaron “lo totalmente otro” ha sido expresado con muchas formas artísticas a lo largo del tiempo.
Estas cosas pasan en la red: por azares del destino he sabido de la exposición que a partir de mañana realizará el fotógrafo español
El arte está ahí. Vivimos acostumbrados a su presencia ya que logra colarse por los rincones más imperceptibles. Nos levantamos por las mañanas y andamos por los pasillos de casa, probablemente adornados por algún tipo de cuadro o manifestación artística. Escuchamos música en el coche y nos cruzamos, dependiendo de dónde vivamos, con artistas callejeros de la más diversa índole. Estamos rodeados. Y más hoy que el concepto de arte urbano campea a sus anchas por muros y parques. La vida de cada uno tiene su propia dimensión “artística” y no hay nadie que no tenga algún tipo de preferencia o gusto estético. Estando así las cosas, una de las preguntas más repetidas (y no por ello contestadas) es la que apunta hacia la función social del arte. Puesto que todas las sociedades y culturas incorporan, de una forma u otra, formas de producción artísticas, ¿cuál es el “para qué” social del arte? ¿Cómo es que la propia sociedad alienta y estimula la producción artítica?
Durante estos días, todos los
“El medio es el lenguaje“. Se trata de la frase más conocida de