Arte y enfermedad
Ya estamos acostumbrados a oir de vez en cuando noticias en las que nos hablan de las diferentes terapias que utilizan el arte. Sea como actividad curativa: producir arte es una forma de terapia. Pintar no es un mero entretenimiento: libera nuestros miedos internos, demonios… nuestros dolores. No es una cuestión de pasar o matar el tiempo: la obra que cada uno crea va más allá de la expresión personal y, según se nos cuenta, contribuye a nuestra propia curación. Pero la terapia no se conforma con esto: otras artes como la música son terapéuticas, si escuchamos durante varios minutos al días las melodías adecuadas. Dependiendo del tipo de enfermedad, el arte puede sumarse a las medidas que adoptamos para luchar contra ella. Pero no es esta la única relación posible entre ambos conceptos.



Hace unos días nos ponía cierta sonrisa en la boca
Cualquiera que haya visitado un museo habrá podido vivir una experiencia similar: de repente, en una de las salas, suena un teléfono móvil. Alguien lo abre, descuelga y comienza a hablar en voz baja. En unos instantes aparece el vigilante de la sala que amablemente le indica que en el museo no está permitido el uso de teléfonos móviles. La razón fundamental: el respeto debido a las obras que se está contemplando y a su autor. El arte cuenta hoy con su propia “liturgia”: no se acude a un museo de cualquier manera, sino que hay unas ciertas reglas que van más allá de lo que conviene a la correcta conservación de la obra. Es impensable, por ejemplo, que se permita beber o comer durante la visita a una exposición. Y la razón hay que buscarla más allá de la limpieza imprescindible en toda sala que incluya obras de arte: es cuestión de “educación”, “de saber estar”.
Llevamos ya varias clases hablando de la filosofía aristotélica, y peleándonos con conceptos como el de sustancia, accidente, materia, forma… El pensador griego insiste en diversos lugares que la sustancia está compuesta por materia y forma: ambas son imprescindibles para que podamos emplear el término sustancia. La consecuencia de esto es doble: por un lado golpea en la línea de flotación del platonismo al negar la existencia de las ideas separadas de las cosas. Por otro lado, parece afirmar también que la materia, de por sí, no es nada. Precisamente porque puede serlo todo: un bloque de bronce es menos “sustancia” que una escultura, porque esta segunda tiene forma. Extraíamos en clase una conclusión complicada: la materia, de por sí, no es sustancia y sólo puede llegar a serlo cuando recibe la forma. Una montaña de virutas no tendría la misma entidad, por ejemplo, que una tabla de conglomerado, creada precisamente a partir de las virutas. Mientras andábamos con estos razonamientos, un alumno inteligente preguntó: ¿Qué tipo de entidad o sustancia es entonces el arte abstracto?
El
Que los objetos artísticos poseen una capacidad simbólica parece fuera de toda duda: observando atentamente el legado de pintores, escultores o arquitectos somos transportados a nuevos significados, a maneras de ver el mundo. El arte nos transmite mensajes, es capaz de llevar dentro de sí una fuerza comunicativa irreductible al lenguaje oral o escrito. En definitiva: el arte es capaz de mostrarnos el mundo e incluso de construir uno nuevo. Lo asombroso del asunto es que ni siquiera necesitamos una obra de arte completa para que se ponga en funcionamiento este proceso simbólico: la ruina y el fragmento son más que suficientes. Si pensamos, por poner un ejemplo, en la