¿Una educación sin filosofía?
Andamos en tiempos de reforma educativa. Como si alguno de los últimos quince años no lo hubiera sido. Y una vez más, se van afilando espadas y argumentarios. La filosofía no puede permanecer ajena: está ya acostumbrada a estar en el punto de mira. En esta ocasión, lo hace desde una doble perspectiva: la controvertida Educación para la ciudadanía y la presencia de la filosofía en el bachillerato. Sobre la primera, poco más se puede decir aquí que no se haya dicho en su día, mientras el engendro se estaba gestando: ya sabíamos que era una asignatura polémica, con algunos epígrafes cuestionables, que sin embargo se ha impartido con una normalidad absoluta. Ahora le cambian el nombre y elminan algún contenido: ¿de verdad era tan necesario? A excepción de sucesos muy puntuales, no ha generado ningún tipo de problema educativo. Y la razón es sencilla: la asignatura de 4º de E.S.O. ha conservado el enfoque filosófico que ya aparecía en aquella otra asignatura, la Ética, que fue sustituida por el invento de la L.O.E. Dicho en otras palabras: los profeores de filosofía hemos seguido haciendo lo que ya hacíamos. Formar ciudadanos a partir de las ideas. De poco o nada servirá cambiar el nombre y el temario sin modificar la asignación horaria: las asignaturas de una hora semanales sirven de muy poco.



Como si de un imán se tratara, el mundo educativo suele acaparar el noventa por ciento, si no más, de las conversaciones entre docentes. Y no siempre para mal: también se puede hablar, por ejemplo, de los mejores alumnos de cada grupo. Un tema en el que, como no podía ser de otra manera, tampoco hay unanimidad: cada profesor cuenta con sus propia “tipología”, en la que puede haber rasgos de lo más diverso. Están, por ejemplo, los que consideran que los mejores son siempre aquellos que logran las mejores notas: si somos profesores de un centro educativo y los alumnos vienen a estudiar, la opción más lógica apunta a esta concepción técnica del asunto. Pero ello no impide que haya otras formas de valorar a quienes día a día vienen a las aulas con el afán de aprender: quizás el objetivo del sistema no debería ser sólo la formación intelectual, sino también fomentar que quien termina la secundaria, el bachillerato o un ciclo formativo cualquiera sea una buena persona. Y evidentemente no tiene por qué coincidir aquel que se empeña en sacar las mejores notas posibles con el que es tenido por bueno.