Filosofía y felicidad
Hacia finales del curso pasado, L.D. (estuvo en clase de Historia de la filosofía hace algunos años y preservaremos su identidad) me abrió un chat a través de Facebook. Y si esto no es habitual, menos aún lo es el motivo del chat: quería darme las gracias. No sin cierto sarcasmo inicial (me recordó que en los exámenes apenas lograba superar el 4,5) me explicaba que a partir de aquel curso se había interesado por la lectura de Nietzsche. Es más que posible que este tipo de mensajes sea de los más gratificantes que puede recibir un profesor, adaptado por supuesto a cada una de las materias. El caso es que la charla con L.D. continuó: me comentaba que el agradecimiento no podía esconder cierto reproche. Después de leer a Nietzsche no podía ya vivir como hasta entonces. Cómo creer que hay una moral o un orden social. Cómo pensar que la vida tiene un sentido y que hay motivos para ser felices. La expresión no podía ser más gráfica: “gracias por amargarme la vida”.


