Los ensayos de Montaigne
Alguna vez han salido por aquí, de una forma más o menos indiecta, los efectos terapéuticos de la filosofía. Nombres y obras se pueden dar muchos, y más desde que de un tiempo a esta parte se ha puesto muy de moda el movimiento de la asesoría filosófica. Pero mucho antes de que los norteamericanos vinieran a descubrir que la filosofía puede traer beneficios a la vida personal han existido ya hombres que, en un momento de su vida, deciden retirarse de la vida pública, y entregarse a una privada serenidad de la que disfrutar. Y hay quienes adoptan la escritura como terapia, sin necesidad de llamarla así, sin la urgencia de que todo tenga un nombre lo más científico posible. A veces la lectura de estos autores resulta también terapéutica. Algo de esto le debió de ocurrir al autor de la obra que nos ocupa. Michel de Montaigne se retiró a su castillo antes de cumplir los cuarenta y allí se dedicó a una de las ocupaciones con las que más disfrutaba: escribir. Derramar frases por aquí y por allí sin preocuparse demasiado de su trascendencia, sin necesidad de haber realizado eruditos estudios previos. Hablar de lo que se vive, de lo que piensa y de lo que interesa. Como dicen algunos: sin más. Seguir leyendo…


