Sócrates se divorcia
El titular de hoy es sensacionalista. Tira de cotilleo y chismorreo para llamar la atención. Y, como no podía ser de otra manera, defrauda. Principalmente porque el feo Sócrates no va a separarse de su querida Jantipa, ya que ambos llevan muertos unos cuantos siglos. Pero no menos cierto es que de haber tenido la posibilidad, el filósofo griego se hubiera animado a meterse en abogados. Sea por iniciativa propia, o sea como respuesta a las acciones legales emprendidas por su mujer. En fin, que la revista correspondiente de hace veinticinco siglos sí hubiera podido hacerse eco de las malas relaciones del matrimonio, de las juergas y ausencias socráticas y del poco tiempo que pasaba en casa el maestro de Platón. ¿Y cómo sabemos esto hoy? Pues porque el curiosear en vidas ajenas no es una característica única de nuestro tiempo, sino que es en cierta manera consustancial al ser humano. Hablar de los demás ocupa nuestro tiempo, y los filósofos no podían ser una excepción.




Durante el pasado verano pude leer una novela escrita por un profesor de filosofía: