Leer a Cioran
Hay lecturas filosóficas que reconfortan, que le reconcilian a uno con la humanidad. Hay otras, sin embargo, que te inquietan, que son capaces lanzar una sospecha de traición y angustia sobre la realidad que nos rodea. Estos libros se fijan en el lado menos amable de la vida, en su absurdo o en las situaciones que nos llevan a la desesperación. El desasosiego convertido prácticamente en categoría filosófica. A este segundo grupo pertenece el autor cuya lectura quisiera recomendar hoy: Emil Cioran. Sin duda, la palabra que mejor define su pensamiento es “pesimismo”. Se fija en sus obras en la amargura, la carencia de sentido, el dolor y la muerte. Su filosofía es antifilosofía de la misma forma que su propuesta vital encontraría en la negación de la vida su máxima expresión. Tomando como referencia a autores como Nietzsche y Schopenhauer, hizo de la contradicción una de las presencias permanentes en su obra. Y más de uno pensará: con estos precedentes, ¿qué motivos hay para leer a Cioran?



Alguna vez han salido por aquí, de una forma más o menos indiecta, los efectos terapéuticos de la filosofía. Nombres y obras se pueden dar muchos, y más desde que de un tiempo a esta parte se ha puesto muy de moda el movimiento de la asesoría filosófica. Pero mucho antes de que los norteamericanos vinieran a descubrir que la filosofía puede traer beneficios a la vida personal han existido ya hombres que, en un momento de su vida, deciden retirarse de la vida pública, y entregarse a una privada serenidad de la que disfrutar. Y hay quienes adoptan la escritura como terapia, sin necesidad de llamarla así, sin la urgencia de que todo tenga un nombre lo más científico posible. A veces la lectura de estos autores resulta también terapéutica. Algo de esto le debió de ocurrir al autor de la obra que nos ocupa.