Humanismo deportivo
Los grandes mitos del deporte lo son no sólo por ganar muchos trofeos, partidos y competiciones. Una de las maneras de ser un semidios es, sin duda, volver a vencer tras un tiempo de derrota, después de superar una larga travesía por el desierto. Algo de esto sucedió ayer en la final de Roland Garros. Hay deportistas que casi nos devuelven la fe en el deporte, que nos hacen creer que es esfuerzo y superación lo que se ve por la tele y no un mero espectáculo. Hay gestas deportivas que nos van mostrando cierto humanismo que puede enlazarse también con el que a artistas y filósofos les puede resultar más cercano. Supongamos hoy que el tenis fuera filosofía y veamos cuáles podrían ser los cinco principios del humanismo deportivo:
- Antes que deportista se es persona: los valores morales están por encima del triunfo. Si el deporte es bien entendido no vale aquello de que el fin justifica los medios.
- La rivalidad no es excluyente con la amistad y tampoco con la admiración del rival. Hay que aprender a ver en los demás aquello que nos falta. Imitarlo es una forma de aprendizaje.
- Competir nos perfecciona, saca lo mejor de nosotros mismos y nos obliga a progresar. El espíritu de superación debería crecer a raíz de la competición en tanto que tomamos conciencia de que competimos fundamentalmente con nosotros mismos.
- El orgullo y la soberbia son vicios humanos: saber ganar es estar alejado de estas actitudes. Su opuesto, la humildad, nos sitúa en un plano más real: antes o después llegará una derrota.
- El deporte nos sitúa en sociedad: necesitamos de los demás para jugar. El individualismo o el egoísmo conduce, a largo plazo, a la destrucción del propio yo que se pretende proteger.
¿Acaso no nos muestan estos principios un modelo de humanidad? Seguramente alejado de la real, pero no por ello rechazable.



En los círculos filosóficos los conceptos abstractos y las expresiones prácticamente incomprensibles conviven con argumentarios, formas de pensamiento fijas, sencillas y cercanas que aparecen por aquí y por allá, ofreciéndonos puntos de vista sobre el mundo que aplicar a diferentes ámbitos. Uno de estos razonamientos podría denominarse “el del niño sucio y la bañera”. O dicho de otra forma: queremos separar lo que no vale (la suciedad) de lo que sí (el niño) y esto sin adoptar la medida extrema de permitir que el niño se nos cuele por la bañera. La filosofía bascula entre extremos: los hay que no tienen reparos en ensuciar más y más al niño y los hay que no vacilan en dejar que el niño termine en las cloacas. El punto intermedio podría ser una buena imagen, a mi juicio, del pensamiento crítico: ir limpiando cuidadosamente al niño para que nada del mismo se pierda ni se dañe. Si alguien no se ha liado con la bañera, el niño y las tuberías, ofrecemos hoy cinco ejemplos en los que podría aplicarse esta figura del pensamiento, tan antigua como el propio Aristóteles y su aspiración a encontrar puntos intermedios.