Match Point
Nos negamos a aceptar que el azar sea el motor de nuestras vidas. Queremos creer que la mayoría de las cosas dependen de nosotros, que somos los únicos pìlotos de nuestro coche. La percepción, ilusoria o no, de que todo lo que hagamos por mejorar tendrá su recompensa, es lo que nos hace movernos. Ser más y querer más. Creer que las cosas dependen de nosotros. Match Point no pretende negar la capacidad del ser humano para crearse y creerse a sí mismo. Pero sí subraya que no podemos controlar todas las variables, que la vida es una cadena de causas y azares entremezclados, que nunca podemos ser plenamente conscientes de las consecuencias de nuestras acciones. No hace falta escarbar mucho en nuestra memoria para encontrar momentos en los que la diferencia entre la gloria y el fracaso ha sido ínfima: prácticamente insignificante, pero trágicamente significativa. Y el deporte es una buena prueba de ello. Meses de entrenamiento y dedicación para que al final todo dependa de la última jugada. ¿Exagerado? No tanto como podríamos pensar. Si revisamos nuestra vida personal, también ella está llena de casualidades.



Nunca somos suficientemente conscientes de nuestra dependencia del cuerpo o la imagen hasta que empiezan a fallarnos. Solemos criticar abiertamente y no sin cierta razón, la superficialidad de los tiempos que vivimos: la dependencia de la apariencia física, el culto al cuerpo… todos hemos oído más de una vez que esta vida moderna que nos crea y nos arrastra crea una falsa escala de valores. El protagonista de
Cualquier espectador de un combate piensa que el objetivo del boxeo es golpear al oponente. Hay uno más importante y prioritario: no ser golpeado. O al menos así lo ven dos de los protagonistas de la película que traemos hoy a colación. Las maneras de boxear son también formas de vivir: hay quienes van a exprimir su tiempo y otros que intentan que el tiempo no les exprima a ellos. Vivir hacia adelante, tratando de disfrutar al máximo, o protegerse de los posibles golpes, poniendo todas las condiciones a nuestro alcance para evitar el dolor y el sufrimiento: vivir a la defensiva. Los antiguos solían decir que la vida es una meditación de la muerte, y esta idea ha encontrado siempre una respuesta inmediata: no es vida la de aquel que está pensando en que puede perderla, en lo que vendrá después o en el significado de la muerte. No hay manera de boxear si pensamos únicamente en defendernos y esquivar los golpes: la vida y el boxeo consisten en un cálculo de riesgos. Exposición, ataque y defensa. Lo mismo en la calle que subido en un cuadrilátero.
A veces el sueño provoca reacciones inesperadas: hay quien habla mientras duerme, otros incluso se levantan y pasean. La película de la que hablamos hoy da un paso más allá: algunos llegan incluso a matar. Hasta esos límites (y más allá) llega el poder del inconsciente: anular la voluntad y quedar entregado a otro, a un dueño capaz de decirnos qué debemos hacer. Sin ningún tipo de restricción moral. Sin prohibiciones ni cuestionamientos. El gabinete del doctor Caligari nos habla precisamente de esto: del poder del sueño y del inconsciente, en un tiempo en el que el psicoanálisis estaba en un auge imparable. Bucear en las profundidades oscuras de la conciencia, con una componente adicional: el poder, la sumisión a otra voluntad como trasfondo. La ambición de la ciencia por conocer desemboca en la irracionalidad de la dominación: quizás si conocemos los mecanismos del sueño podamos llegar a subyugar al soñador, a obligarle a hacer incluso lo que jamás haría en estado de vigilia. La ciencia, el poder y el inconsciente: un cóctel explosivo para una película sorprendente.
Situar en medio de la discusión filosófica la que es considerada una de las mejores películas de la historia del cine puede ser considerado una osadía. Se ha escrito mucho sobre el rodaje, los actores, la forma “improvisada” de sacar la película adelante… no son pocos los que han señalado que la película y su éxito consiguiente fueron fruto de la casualidad. Azar o no, el caso es que nos encontramos ante una de esas películas ante las que crítica y público unen sus voces y coinciden en señalarla como excelente. No dudo que haya motivos técnicos para ello, pero quizás haya también otros que pueden explicar el suceso: los temas que aparecen en la película. Hay universales humanos que por mucho que cambien los tiempos estarán siempre presentes: de ellos se nutre la literatura, la filosofía y el arte en general. Uno de ellos, sin duda, es el amor. Estamos, probablemente, ante el motivo que más veces ha movido al ser humano a actuar y ante uno de los temas esenciales del arte. ¿Qué quedaría de la pintura, la literatura y el cine si le arrebatamos el amor como uno de sus temas?
La historia suscita cuestiones filosóficas variadas y estimulantes. Nos trae el pasado al presente, pone en relación tiempos diversos y plurales, compara formas de vida y de pensamiento. De hecho, puede convertirse incluso en un tema novelesco: puede que cualquier día el género de la historia ficción logre las cotas de popularidad de la novela histórica. Quién sabe. Una de las preguntas relacionadas con la filosofía de la historia consiste en plantear la posible repetición de sucesos del pasado: ¿Es posible, por ejemplo, que ocurra una tercera guerra mundial? Después de la experiencia del nazismo, ¿Podría volver a ocurrir que el totalitarismo fascita se instalara en algún gobierno europeo? El sedante de la costumbre y la cotidianidad nos lleva a rechazar tal hipótesis. Parece que contamos con mecanismos políticos y sociales suficientemente sólidos como para desechar tal hipótesis. Por el contrario, la película que presentamos hoy, plantea un argumento distinto: no se trata de una cuestión política, sino fundamentalmente psicológica. Es nuestra mentalidad la que puede predisponernos al totalitarismo.
¿Qué ocurre cuando la única manera de seguir vivo es romper con tus propios principios morales y colaborar con tu enemigo? La película que quisiera comentar hoy habla de la supervivencia. Sin más adjetivos. La situación que plantea es contradictoria y cruel: supongamos que unos prisioneros de los nazis son recluidos en un campo de concentración y se les pide que falsifiquen moneda (libras y dólares) como única vía de salvación. Conservar la propia vida a través de la técnica y al precio de traicionar a los seres más cercanos y queridos y también las propias convicciones morales. Más de una vez hemos hablado por aquí de los dilemas morales: para algunos compañeros distorsionan la enseñanza de la ética, pues presentan circunstancias extraordinarias. El caso es que hubo periodos históricos, como el nazismo, en los que lo extraordinario se volvió cotidiano, y en los que la categoría de ser humano, con todas sus letras, debía ser demostrada en cada una de las acciones y decisiones. La película de hoy nos habla precisamente de esto.
Cuando en foros y listas relacionadas con la filosofía se presenta una película como filósofica, no se puede evitar el sentarse delante de la pantalla esperando algo más, un hecho diferenciador respecto al resto de películas. Quien sabe: quizás sea una mala etiqueta que a los profesores de filosofía nos predisponga de un modo negativo. La película que nos ocupa vino precedida por su carácter filosófico: se desarrolla en la Universidad de Oxford y presenta una trama de asesinatos en la que aparecen implicados un estudiante y un profesor de filosofía. De lógica, para más señas. La filosofía se diluye en la sucesión de los crímenes y la investigación que lleva a cabo el alumno, acercándose mucho más a una película policíaca que filosófica. Ciertamente aparecen referencias a Wittgenstein desde la primera escena, pero me da la impresión de que el fuste filosófico es más bien débil. Se aprovecha la filosofía para dar un barniz pseudocultural a una película que puede recordarnos mucho más a Sherlock Holmes que a cualquier actitud propiamente filosófica.
Mirar es una de las pasiones del ser humano. Decía Aristóteles que la vista es uno de los sentidos predilectos del ser humano. Hay algo de mágico en mirar, de poderoso. Algo que dota a los ojos y todo lo que registran de un poder especial. La mirada se asocia a veces al poder: gracias a la contemplación llegamos a dominar la naturaleza y gracias al espionaje el sujeto termina anulado por una red invisible que termina conociéndolo todo. La historia reciente de Europa incluye varios casos, y de los actuales no nos enteraremos hasta que pase el suficiente tiempo, como para que ya nada importe. La vida de los otros recupera precisamente este tema: los instrumentos de dominación del poder, y su capacidad para tocarlo todo, para configurar la realidad. No hace tanto que el poder político exigía no sólo cierta sumisión entendida casi como habitual en nuestros días: no se trataba sólo de integrarse en una forma de vida, sino de comulgar con ella, hasta el punto que pensar distinto era un acto de disidencia. Es entonces cuando mirar se convierte en una actividad esencial para el mantenimiento del sistema.
La vida tiene estas cosas. Está llena de víctimas y verdugos, y la mayoría de nosotros ocupamos alguno de estos papeles a lo largo de nuestro tiempo. Los vencedores y los derrotados, como si esto de vivir fuera una guerra, han intercambiado sus lugares muchas veces. Ser amado y ser traicionado son a veces dos formas sinónimas de existir. La persona débil y desvalida puede terminar siendo fuerte y poderosa. La protectora y resolutiva es en realidad la despechada y abandonada. La mentira puede trastocarse en verdad, y viceversa. Y no sólo en el binomio realidad-sueño, como David Lynch nos presenta en su película, sino en la cotidianidad que nos rodea. Si algo destaca de la película que nos ocupa hoy son dos cosas: la aparente falta de sentido de todo lo que ocurre, y las fuertes personalidades de las dos protagonistas de la película. El cine de Lynch siempre ha sido complejo tanto por lo intrincado de sus historias como por su compleja simbología. En Mulholland drive la reconstrucción de la historia es una tarea titánica, y los símbolos difíciles de descifrar: cajas misteriosas con llaves triangulares, cafés escupidos, personajes extraños que parecen dominar todo lo que ocurre en la historia, un monstruo escondido en el callejón trasero de una cafetería llena de confidencias, una pareja de ancianos que ríen sin parar… ingredientes todos ellos agitados y mezclados en lo que comienza siendo un sueño con tintes de venganza que esconde el deseo de que la realidad fuera justamente lo contrario de lo que termina siendo. Un sueño imposible que conduce a un suicidio inesperado.
Qué animal más curioso es el ser humano, qué particularmente extraño en todo lo que hace. Desde hace siglos nos hemos caracterizado por ser, de un modo muy especial, contadores de historias. Y eso es lo que hace Cinema paradiso: contar historias. Muchas en una sola. Y con significados filosóficos, claro. Para empezar, la historia de un pueblo, de toda una sociedad, que no tenía más diversión que la de acudir al cine, maravilla de maravillas para unos e invento del demonio para otros. El cine y nuestras vidas, las de todos: esa es la gran historia de Cinema paradiso. Gentes que aprender a ver la vida, a vivir la vida, a través de esos personajes a los que aman u odian, a los que desean y envidian. Cuántos han querido amar como Bogart desde hace más de 40 años. Quién no ha soñado volar como Superman, o, como dice