Los crímenes de Oxford
Cuando en foros y listas relacionadas con la filosofía se presenta una película como filósofica, no se puede evitar el sentarse delante de la pantalla esperando algo más, un hecho diferenciador respecto al resto de películas. Quien sabe: quizás sea una mala etiqueta que a los profesores de filosofía nos predisponga de un modo negativo. La película que nos ocupa vino precedida por su carácter filosófico: se desarrolla en la Universidad de Oxford y presenta una trama de asesinatos en la que aparecen implicados un estudiante y un profesor de filosofía. De lógica, para más señas. La filosofía se diluye en la sucesión de los crímenes y la investigación que lleva a cabo el alumno, acercándose mucho más a una película policíaca que filosófica. Ciertamente aparecen referencias a Wittgenstein desde la primera escena, pero me da la impresión de que el fuste filosófico es más bien débil. Se aprovecha la filosofía para dar un barniz pseudocultural a una película que puede recordarnos mucho más a Sherlock Holmes que a cualquier actitud propiamente filosófica. Seguir leyendo…



Mirar es una de las pasiones del ser humano. Decía Aristóteles que la vista es uno de los sentidos predilectos del ser humano. Hay algo de mágico en mirar, de poderoso. Algo que dota a los ojos y todo lo que registran de un poder especial. La mirada se asocia a veces al poder: gracias a la contemplación llegamos a dominar la naturaleza y gracias al espionaje el sujeto termina anulado por una red invisible que termina conociéndolo todo. La historia reciente de Europa incluye varios casos, y de los actuales no nos enteraremos hasta que pase el suficiente tiempo, como para que ya nada importe. La vida de los otros recupera precisamente este tema: los instrumentos de dominación del poder, y su capacidad para tocarlo todo, para configurar la realidad. No hace tanto que el poder político exigía no sólo cierta sumisión entendida casi como habitual en nuestros días: no se trataba sólo de integrarse en una forma de vida, sino de comulgar con ella, hasta el punto que pensar distinto era un acto de disidencia. Es entonces cuando mirar se convierte en una actividad esencial para el mantenimiento del sistema.
La vida tiene estas cosas. Está llena de víctimas y verdugos, y la mayoría de nosotros ocupamos alguno de estos papeles a lo largo de nuestro tiempo. Los vencedores y los derrotados, como si esto de vivir fuera una guerra, han intercambiado sus lugares muchas veces. Ser amado y ser traicionado son a veces dos formas sinónimas de existir. La persona débil y desvalida puede terminar siendo fuerte y poderosa. La protectora y resolutiva es en realidad la despechada y abandonada. La mentira puede trastocarse en verdad, y viceversa. Y no sólo en el binomio realidad-sueño, como David Lynch nos presenta en su película, sino en la cotidianidad que nos rodea. Si algo destaca de la película que nos ocupa hoy son dos cosas: la aparente falta de sentido de todo lo que ocurre, y las fuertes personalidades de las dos protagonistas de la película. El cine de Lynch siempre ha sido complejo tanto por lo intrincado de sus historias como por su compleja simbología. En Mulholland drive la reconstrucción de la historia es una tarea titánica, y los símbolos difíciles de descifrar: cajas misteriosas con llaves triangulares, cafés escupidos, personajes extraños que parecen dominar todo lo que ocurre en la historia, un monstruo escondido en el callejón trasero de una cafetería llena de confidencias, una pareja de ancianos que ríen sin parar… ingredientes todos ellos agitados y mezclados en lo que comienza siendo un sueño con tintes de venganza que esconde el deseo de que la realidad fuera justamente lo contrario de lo que termina siendo. Un sueño imposible que conduce a un suicidio inesperado.
Qué animal más curioso es el ser humano, qué particularmente extraño en todo lo que hace. Desde hace siglos nos hemos caracterizado por ser, de un modo muy especial, contadores de historias. Y eso es lo que hace Cinema paradiso: contar historias. Muchas en una sola. Y con significados filosóficos, claro. Para empezar, la historia de un pueblo, de toda una sociedad, que no tenía más diversión que la de acudir al cine, maravilla de maravillas para unos e invento del demonio para otros. El cine y nuestras vidas, las de todos: esa es la gran historia de Cinema paradiso. Gentes que aprender a ver la vida, a vivir la vida, a través de esos personajes a los que aman u odian, a los que desean y envidian. Cuántos han querido amar como Bogart desde hace más de 40 años. Quién no ha soñado volar como Superman, o, como dice
Los pueblos suelen elaborar sus propios mitos. Ya lo hacían los griegos y nosotros lo seguimos haciendo. El cine es una de las mayores fábricas de mitos que existen, y las películas de superhéroes son un buen ejemplo de las mismas. Podríamos fijarnos en alguna película concreta, pero también es posible referirse a sagas como la de Supermán, Spiderman o el mismísimo Batman. Con las diferencias que se pueden encontrar entre estas películas, me parece que todas tienen ciertos ingredientes filosóficos que merece la pena comentar. Para empezar, en muchas de ellas aparece un conflicto que está ya bien descrito en el psicoanálisis: el deseo frente al deber. Ser superhéroe debe ser algo complicado entre otras cosas porque implica un alto grado de renuncia: o bien sigue uno aprovechando sus superpoderes (con lo cual no podrá disfrutar de su vida privada) o bien renuncia a los mismos, deja de cumplir con lo que considera su deber para satisfacer otros deseos, como puede ser el de tener una vida anónima, normal, como la del resto de la gente. El deseo y la norma enfrentados como ya viera Freud en su día. El superhéroe encarna, en realidad, la victoria de la norma, del deber, sobre el deseo.
A raíz del