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Conocimiento en la red

¿Son necesarias las editoriales?

Hablar de la sociedad del conocimiento nos lleva ineludiblemente a indagar en cómo se construye este conocimiento. En el modelo "Gutenberg" llegar a crear un contenido cualquiera implicaba pasar un filtro previo constituido por alguna de las industrias culturales de que se tratara: mundo editorial, mercado artístico o mecenazgo, opciones de presentar una ópera en un gran teatro, un museo o una discográfica. Sería ingenuo pensar que todas estas industrias se muevan únicamente por la calidad de los trabajos. En ocasiones eran muy distintos los criterios por los que los conocimientos llegaban a la esfera pública. No sólo eso: la ciencia, la filosofía o la literatura podían construirse de una manera certera, con citas y referencias fiables, que se podían contrastar. La tarea de esta industria que tantas críticas ha recibido en los últimos años consistía precisamente en seleccionar aquellas contribuciones que sí merecían ser conocidas por toda la sociedad.

El mundo se ha dado la vuelta en la era de Internet. Ahora no hay filtro alguno y todos podemos poner en común nuestros textos, fotos, videos o cuadros con el resto del mundo. Esto ha sido ensalzado como un proceso de democratización, que no implica necesariamente una pérdida de calidad en los contenidos, pero sí que haya muchos más que no pasarían el más mínimo control sobre la calidad o el valor de los mismos. No sólo esto: con la mejor de las voluntades algunos internautas se esfuerzan en compartir con otros usuarios algunas obras, escaneando con cuidado cada una de sus páginas. La cantidad de libros que se pueden encontrar en la red es muy superior a los que daría tiempo a leer en una sola vida. Sin embargo, todos estos escaneos no se realizan con las exigencias que sí se esperan de "profesionales". La consecuencia es inmediata: se leen obras desconociendo quién las ha traducido, quién lo editó y en qué año. Se hace prácticamente imposible realizar un trabajo mínimamente serio y riguroso tomando como referencia las obras literarias o filosóficas disponibles en la red. El sistema de citas sobre el que se construyó tradicionalmente el conocimiento se rompe en mil pedazos.

Se me ocurre que hay dos soluciones: o bien buscar formas de asegurar que los libros leídos a través de Internet nos permitan seguir citando, leyendo y criticando con rigor y fiabilidad. O bien, "refundar" el conocimiento, estableciendo nuevos criterios que abandonen los que pertenecen al mundo de la imprenta, o asumiendo que habrá un porcentaje de error, no necesariamente insignificativo o irrelevante, en todo aquello que escribamos citando otras fuentes y autores. Si optamos por lo primero, estaríamos reconociendo implícitamente que la denostrada industria cultural desempeña una labor útil y necesaria en nuestra sociedad, de manera que no podemos prescindir de ella. Fijar en la red y todos sus recursos la única vía de creación de conocimiento implicaría un acuerdo de todos, que se antoja más de difícil. ¿Hasta qué punto entonces contribuye la red a la llamada sociedad del conocimiento" La respuesta no es tan sencilla, ni tan inmediata como pretenden algunos.