Crítica y política
Uno de los presuntos objetivos de nuestro sistema educativo es fomentar el espíritu crítico. ¡Sed críticos! decimos a los alumnos, ¡pensad por vosotros mismos!, ¡no os dejéis manipular!. Proclamas tan ilustradas que podrían resumirse en aquel lema kantiano: ¡Atrévete a saber! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento! Y es que son muchos los enemigos a sortear: los medios de comunicación, que pretenden convencerte de que ellos te ofrecen la información más neutral. La publicidad, dispuesta a vender lo que sea por aumentar beneficios. Las modas, revistas y músicas que vienen avaladas por la calidad… de su mercadotecnia. Todos aspiran a quedarse con nuestro tiempo, con nuestra cabeza y, si se les deja, con nuestro dinero. Por eso es de agradecer que las autoridades políticas valoren positivamente el hecho de poder contar con una sociedad civil bien formada, capaz de cuestionar, interrogar y contraargumentar. Objetivos que, entre otras asignaturas, fomenta por cierto la filosofía, mermada en la última reforma.
Sin embargo, resulta inaceptable que los mismos que apoyan la crítica no estén dispuestos a dejarla pervivir dentro de sus propias filas. Es lamentable que los partidos políticos no acepten las críticas. Es un gesto de sobrebia que no las reconozcan cuando vienen de otros partidos por considerar que sería un signo de debilidad. Pero esta soberbia se eleva al más alto grado cuando ni siquiera se acepta el pensar distinto que proviene del propio partido. Que Rosa Diez no pueda expresar sus opiniones libremente o que a J.I. del Burgo le obliguen a disculparse públicamente por pensar distinto es bochornoso. Una vergüenza pública y un síntoma más del nivel de madurez de los partidos que conforman nuestro parlamento. Un partido que no asume la autocrítica no es libre ni merece ocupar el poder. Poder tener una opinión propia debería ser una condición indispensable para ser parlamentario, y tener la opción de votar a favor de otros partidos sin temor a represalias ni humillaciones un derecho de todo parlamentario.
¿Para qué quieren entonces nuestras autoridades políticas una ciudadanía crítica? ¿Sólo para poder ejercer esta actividad en una reunión de vecinos? ¿Para poder disentir en mi casa sobre el canal de televisión que se ve durante la cena? ¿O quizás para salir a la calle a manifestarse en masa bajo lemas totalizantes y ambiguos? Que expliquen bien alto y bien claro cuál debe ser el lugar del pensamiento crítico en nuestro país, y que se apliquen el cuento. Si queremos crítica, debe ser para todos, en todos los ámbitos. Y es que no deja de resultar llamativo que dos de las actividades humanas en las que la crítica no es bien recibida son, casualmente, la política y la religión. ¿Será porque en ambas se corre el peligro de desembocar en el fanatismo, independientemente del signo que sea (católico, de izquierdas, de derechas, islámico…)? ¿Será porque ambas pueden terminar obligando al individuo a “comulgar con ruedas de molino? ¿O será porque ambas exigen un tremendo acto de fe? El contraste entre la crítica buscada y la no aceptada en tan grande que resulta risible oir a un político hablar del pensamiento crítico.
Entradas relacionadas:
Anotacion impresa de Boulé: http://www.boulesis.com/boule
Enlaces que aparecen en esta anotación:
[1] Crítica: entre la conservación y el progreso: http://www.boulesis.com/boule/critica-entre-la-conservacion-y-el-progreso/
[2] Crítica y religión: http://boulesis.com/boule/critica-y-religion/
[3] Gloria y miseria del escepticismo: http://www.boulesis.com/boule/gloria-y-miseria-del-escepticismo/
Click aqui para imprimir.