Pasar al contenido principal

De causas y culpables

Buscar causas como estrategia para comprender el absurdo

Hace más de 25 siglos ocurrió en occidente el tantas veces explicado paso del mito al logos. Los dioses se desvanecían de un mundo que comienza a comprenderse mejor en términos causales. En el fondo, tras este impulso se esconde un tremendo bofetón teológico: si en la mitología judeocristiana es Dios quien expulsa a Adán y Eva del paraíso, al asumir la razón como principio explicativo el ser humano está en cierto modo expulsado a Dios de su mundo. Mucho más allá del ámbito teórico: se trata de una emancipación moral. No quiero que mi suerte dependa de ti. Rechazo por completo que los asuntos de los dioses sean determinantes en la vida de los hombres. Quiero, de una vez por todas, ser dueño de mi mismo, tomar el control de mi vida. Aunque estas sentencias no estaban implícitas en el paso del mito al lógos, sí que van, como suele decirse por ahí, "de tapadillo”. El ser humano se va sintiendo más a gusto en un mundo que puede explicar y controlar por sí mismo. Qué bien nos encaja todo cuando todo encaja. Qué maravillosas son las causas cuando todo lo tiene.

Demos ahora un salto desde aquellos albores del pensamiento hasta hoy mismo. Resulta que más de 2500 años de causalidad han dejado su huella y el mejor ejemplo lo tenemos en la reciente matanza de Newtown. En menos de una semana ya tenemos el cóctel de causas perfecto: país y sociedad tolerantes con las armas, adolescente-joven con un cuadro psicológico determinado y una discusión familiar especialmente intensa. Es horroroso que el horror nos cuadre tan bien. Esta manía nuestra de encontrarle explicación a todo. Claro, es que el pobre chaval tenía autismo. Una falta de respeto absoluta para los millones de autistas que en el mundo son, y transitan por la vida con la paz como bandera. El asperger, dicen otras noticias. Un síndrome aún polémico dentro de la propia psiquiatría, como causa última de una auténtica carnicería. No, no, la culpa es de esa cultura de la violencia y de las armas. Siempre buscando causas y responsables. Es la liturgia humana del lógos: cuando sepamos ya por qué, entonces podremos dormir tranquilos.

Si bien aquel paso del mito al logos nos ha dado una identidad como occidentales, puede que haya llegado el momento de decir basta. De poner un límite a ese afán investigador del que todo lo quiere comprender con simples esquemas de causas y efectos. El mago de la causalidad ha de guardar silencio alguna vez. Y todos hemos de asumir que en el hombre dormita una voz salvaje que nos lleva a cometer auténticas aberraciones. Quién sabe si en todos nosotros, pero sí en algunos. Y respecto al resto, que no se den las circunstancias para vernos motivados a hacer aquello que nunca creimos que haríamos. Qué fácil es, ante el absurdo de la masacre, apelar a la locura: como una especie de expulsión de lo que se ha dado en llamar familia humana. Quien entró armado hasta los dientes en el colegio estaba mal de la cabeza, no era humano, como si expulsarle de la tribu fuera una forma de curación, de olvido terapéutico. Como si, de esta manera, no se fueran a repetir estos sucesos. Empeñados como estamos en buscarle causa a lo que no tiene causa, y en crear grandes ceremonias sociales y mediáticas de la expiación psiquiátrica y neurológica. La enfermedad como causa es una mala excusa. Somos humanos. Para lo bueno, y para lo malo. Nadie dice nunca que los grandes genios estén enfermos. O a ellos, en todo caso, la enfermedad se les perdona. Faltaría más.

Siendo sumamente irracionales, basamos en la razón la práctica totalidad de nuestro sistema educativo. Es decir, fomentamos una forma de pensamiento que se alimenta de categorías, de distinciones entre lo que es verdadero y lo que es falso, lo que es justo o injusto, bueno o malo y, en definitiva, entre lo que está bien y lo que está mal. Se construyen una moral y una ética a la medida de cada sociedad. Pero, existe mucho más que aquello de lo que somos capaces de percibir conscientemente y esto que existe nos influye y provoca otro tipo de pensamiento, que no es dual, no es ético, que está al margen de la razón pero que no se debería llamar irracional. Es un pensamiento instantáneo, una respuesta inmediata a todo aquello que nos llega. Hay quienes sospechan que, además de los sentidos convencionales, tenemos sensores desconocidos que detectan aquellas variables ocultas que definen lo complejo. Es una hipótesis sugerente que, de ser cierta, explicaría muchas cosas. Sea o no sea así, lo cierto es que nuestros sentidos no se están usando como debiera. http://www.otraspoliticas.com/educacion/educar-para-la-belleza