De chiste: Batman, Robin y la pragmática del lenguaje
La risa de romper las reglas · Filosofía
La situación nos resulta más o menos familiar: una tarde veraniega del mes de julio, un amigo algo graciosete y con cierto gracejo para el tema del humor se arranca a contar el último chiste que ha escuchado por ahí. Uno de los últimos vestigios, por cierto, de la cultura oral: el género del chiste sobrevive y goza de excelente salud gracias al boca a boca. Pero pongámonos en situación: ¿Cómo le dice Batman a Robin que se suba al batmóvil? Inmediatamente se desatan las más retorcidas de las hipótesis: el contador de chistes es también sagaz y peleón con el lenguaje, por lo que la respuesta ha de ser inesperada y chocante. Alguno de sus amigos puede perderse pensando en Batman, Robin y los videojuegos. Es posible que la respuesta vaya por ahí. Algún otro, más malintencionado, hace cábalas con la rumorología que desde hace décadas circula alrededor de la relación de Batman y Robin. Todos a la espera de la solución, esa frase enigmática que a buen seguro desatará más de una carcajada. Es así, y no de otra manera como funcionan todos los chistes.
“Venga, Robin, súbete al Batmóvil”. Las reacciones son tan dispareces como las expectativas. Primeros segundos de silencio sepulcral. Y de repente quien esperaba algo gracioso comienza a reir a carcajada limpia, mientras que otros se parten ante la cara de los que aún tratan de encontrarle el sentido al asunto. Aunque en realidad no hace falta darle muchas vueltas al tema para darse cuenta de que la gracia está precisamente en que no tiene gracia. No se pueden pedir peras al olmo: el chiste no da más de sí. Pero nos permite una reflexión cercana a la filosofía del lenguaje. Lejos de ser un mero código de símbolos articulados, el lenguaje nos permite jugar con las intenciones propias y las de nuestros interlocutores. Las palabras son más que palabras: se dan en un contexto social y cultural que las lleva más allá de la semántica o la sintaxis. Hablamos siempre en situaciones concretas, que respaldan las palabras y les dan mayor poder aún del que nosotros pensamos. Nuestro ser y estar en el mundo consiste en usar las palabras.
Con Batman y Robin salimos del ámbito de las palabras y somos capaces de reirnos de los que en principio iban a reir del chiste. Lanzar la pregunta con la que inicia el chiste implica muchas más condiciones que la mera interrogación. La conversación se interrumpe, aparecen personajes de ficción y se apunta hacia una cuestión aparentemente irrelevante. Nuestro amigo el chistoso nos está diciendo muchas cosas y nos anuncia, sin decirlo, que va a contarnos algo gracioso, capaz de hacernos reír. Todos los chistes funcionan porque rompen algunas de las reglas del lenguaje. Y los mejores suelen ser, precisamente, aquellos que se rebelan contra la pragmática. La semántica y la sintaxis son, por así decir, más sosas, más grises. Cuando hablamos con alguien damos por sentados una serie de supuestos que suelen ser los que se rompen en el chiste, expresión de la asombrosa capacidad humana de reirse con el lenguaje. Debajo de la “cultura” del chiste respira la reflexión del lenguaje sobre sí mismo, una torsión de las palabras y las situaciones de ficción que nos provocan la risa. Una muestra más, sin duda, del mismo ingenio humano que alienta otras actividades socialmente más valoradas. Qué le vamos a hacer…


