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De historia, ideas e intenciones

¿Qué función desempeña la intención de los autores dentro de la historia?
Una tendencia habitual en la historia de la filosofía es tratar de presentar el pensamiento de tal o cual filósofo tal y como éste salió de su cabeza. Ocurre en la secundaria y en el bachillerato: cuántas veces hemos podido oir (y decir) en clase, que cuando fulanito de tal dice esta frase en realidad está queriendo decir esto otro. Esta expresión del "querer decir" nos remite directamente a la intención del autor de turno al emplear tal o cual concepto. Este tipo de planteamientos se ven a menudo sustentados por sofisticados desarrollos filológicos: sesudos estudios que analizan minuciosamente cuántas veces aparece un término, y en qué contextos, a lo largo de toda la obra del autor. En otras ocasiones se utliza como herramienta el sentido de esa misma palabra en autores contemporáneos. A la semántica le acompaña la historia: los fenómenos de cada tiempo marcan límites a las palabras, bajo pena de anacronismo. Se cultiva, en definitiva, un sentido de la fidelidad, que aspira a presentar la filosofía de cada autor tal cual salió de su cabeza. ¿Acaso es esto posible"

La aspiración se comprueba de un modo mucho más acentuado en la enseñanza superior universitaria. No sólo durante las clases: muchos de los libros que escriben los filósofos de nuestros días están destinados a aclarar conceptos, términos, teorías y autores. La "arqueología del saber" (parafraseando y traicionando a la vez a Foucault) consiste en intentar acceder al pensamiento original sin añadidos de ningún tipo, recuperando una mirada virginal sobre las cosas, tal y como pudo estar en la mente de Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Descartes o Hegel. Hay que "desparasitar" las ideas del polvo del tiempo, de las rozaduras y magulladoras propias del paso de los años. Las palabras que expresan ideas se gastan, envejecen. Una tarea similar, se me ocurre, a la de la restauración del arte, pero en el terreno de las ideas. Bajo esta pretensión, subyace un presupuesto un tanto "positivista": en el intento de "sistematizar" la filosofía se la trastoca casi en ciencia cuando se trata de mostrar, demostrar o imponer el sentido de las palabras y las teorías.

El prejuicio positivista daña la filosofía. Hay muchas tesis intermedias entre decir "cualquier interpretación es válida" y estar dispuesto a afirmar que hay una interpretación que es la "ortodoxa" respecto a las demás termina dañando el pensamiento, convirtiéndolo en dogma. La investigación filológica e histórica cobra sentido cuando consigue amarrarse al presente del que parte. Un ejemplo: reinterpretar la "prudencia" aristotélica para sugerir posibles aplicaciones de este concepto a la bioética resulta interesante y aporta nuevas perspectivas para solucionar problemas. Desarrollar un proyecto de investigación a la enumeración de los sentidos y usos de la palabra "sustancia" en la obra aristotélica sin hacer referencia alguna a la realidad en que vivimos, es cuando menos criticable. Otra cosa bien distinta es que de la "filología" y la "arqueología" saltemos a nuestro tiempo, alumbrándolo con propuestas y conceptos. De lo contrario, convertimos la filosofía en un aburrido asunto de eruditos, capaces de llegar a insultarse seriamente, por poner un ejemplo que pude presenciar en directo, sobre si Wittgenstein estaba convencido de la posibilidad de crear un lenguaje sin que exista la palabra "yo". ¿Resulta esta tesis demasiado utilitarista" ¿Qué sentido tienen los estudios filológicos e históricos" ¿Se puede decir que la biografía de un filósofo es un libro filosófico" ¿Lo es una interpretación que se dedique a comentar una obra clásica de la historia de la filosofía" ¿Afectan en algo a nuestro mundo las intenciones originales de Platón y de Aristóteles o más bien es el devenir de sus conceptos y teorías lo que está integrado en nuestra forma de vivir y de pensar"