De personas e ideas
Sobre la confusión entre el valor de las ideas y su origen y materialización original · Filosofía
Por mucho que nos digamos racionales es sorprendente comprobar cuántas veces dejamos esa racionalidad de lado. Supuestamente los argumentos son una de las mayores expresiones de esta racionalidad, y en ellos utlizamos conceptos, ideas abstractas sobre los cuales hay un significado más o menos compartido. Ciertamente las barreras y fronteras de estos conceptos no siempre son nítidas y cristalinas. Pero sí que podríamos decir que en la mayoría de los casos este lenguaje que llevamos siglos formando nos ayuda a delimitar bastante bien nuestros pensamientos. Tan racionales como somos nos caracterizamos también por la carne y la materia como anclaje imprescindible de la vida y el propio pensamiento. Es decir: las ideas se encarnan necesariamente en muchas dimensiones: un cuerpo, una sociedad, un sistema económico… en definitiva, una cultura. Esta “materialización” de la racionalidad que nos define resulta problemática: no son pocas las veces en las que caemos en un error de valorar las ideas por su “materialización” y no por su contenido.
En cierta manera, la conocida falacia ad hominem es una de las variantes de esta estrategia. Si en vez de discutir sobre un tema en concreto me dedico a descalificar a mi oponente puedo lograr dos cosas: desviar la atención y reconducir hacia temas más personales una discusión que quizás no me interese demasiado. Es especialmente llamativo la frecuencia con la que esta forma de pensamiento aparece en internet. Lo que unos quieren ver como un espacio para la libertad, la formación y el pensamiento crítico es la mayoría de las veces el lugar para la descalificación. Si se visita cualquier periódico la comprobación es inmediata: basta ver los comentarios a una noticia de contenido político para que se deje de lado el tema en cuestión y se dé rienda suelta al insulto como el mejor de los argumentos. En política o deporte ocurre lo mismo: critica al partido del gobierno o de la oposición, al líder de la liga o al farolillo rojo es síntoma del posicionamiento personal. Como si sólo los afiliados a la oposición pudieran criticar al gobierno y al revés. Las ideas pierden peso y validez: su verdad no está, por lo visto, en lo que expresan, sino que dependen de quién las exprese.
El contraste entre lo que pensamos de nosotros mismos y lo que realmente somos es abismal. Creemos ser muy modernos, libres y autónomos. Paradójicamente parece que necesitamos que nos marquen el camino del pensamiento: si la voz autorizada o el líder dice algo hemos de darlo por cierto. Si es el enemigo, habrá que descalificarlo y encerrarlos en el cajón de las mentiras innobles. Da igual lo que se diga, importa quién lo diga. Un alto mandatario recibe una acusación de corrupción política: no se discute si es cierta o no. La réplica es inmediata: el acusado será capaz de encontrar otros casos que convierten el suyo en la práctica habitual, y a ser posible en el bando de los que le acusaron a él inicialmente. Las ideas y los hechos. permanecen intocables en unas especie de limbo intelectual: en cuanto entran a jugar nombres y apellidos se afilan las uñas y se prepara la guerra. Desde el asunto más candente de la política nacional hasta el problema más insignificante del trabajo. Amigos y enemigos. La división más primitiva de la tribu se impone sobre el contenido del pensamiento. Sin duda, un síntoma de progreso logrado a través de miles de años de evolución.


