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Democracia y populismo

Cuando el demos interesa solo a veces
Masa de gente. ¿Voluntad política?

Todos somos demócratas. Unos más y otros menos, pero quién no se define hoy como demócrata. Aunque hayan pasado ya varias décadas, aún duelen en la memoria los experimentos antidemocráticos de diverso signo que han jalonado el siglo XX. Asociamos la democracia a valores como la libertad y la dignidad y solo por esto nos merece una mejor consideración que cualquier otra alternativa. El problema está en que todo esto es una convicción que duerme ahí, en el fondo de la sociedad y seguramente en el de más de una cabeza pensante. Sin embargo, a la hora de concretar qué democracia queremos las cosas cambian. Y mucho. Hasta el punto de encontrarnos con críticas severas que parecen por momentos enmiendas a la totalidad, deseos de experimentar sistemas alternativos. La polvorienta etimología de gobierno del pueblo no sirve ya: queresmos saber y concretar qué tipo de gobierno y qué tipo de pueblo. Estábamos ya más que acotumbrados a eso de que el pueblo no podemos ser todos. Más allá de pequeñas localidades que permitirían otras organizaciones el demos queda circunscrito a un grupo de representantes. No somos el demos, pero "podemos serlo". Al menos en teoría. Basta con tener ganas de dedicarse a cuestiones politicas: apuntarse a uno de los muchos partidos o crear uno propio. Ahí estaban las opciones. Y todo iba bien mientras iba bien: hasta que llegó el tiempo del desengaño. La frase clave en todo este proceso: "no nos representan". Si los representantes no representan, ¿para qué sirven los representantes?

 

Empieza entonces una forma distinta de entender la democracia. Tan antigua como esta otra de la representación, pero vestida de modernidad. Con nuevas técnicas de merchandising. Ilusionante. Precisamente porque crea la ilusión de la participación. De la toma directa de decisiones. Puedes change the world con tu firma, tu apoyo, tu móvil, tu potátil. Tus likes y dislikes importan y los diputados pesan menos que tus followers. El power está en ser influencer. Anímate, ven y participa. Escucha todo lo que tenemos que contarte, te contaremos al oído solo lo que tú quieres oir. El sistema es malo, muy malo, pero vamos a reformarlo. Crearemos un mundo nuevo, en el que nadie nos robe, haya trabajo para todos, y una buena vida para quienes no gustan de trabajar. La política happy de quien no hace política ha cristalizado en eso que ahora se desprecia nominativamente como populismo. El pueblo le importa a todos los demócratas, claro que sí. Pero no todos están dispuestos a que sea el pueblo el que tome las decisiones, no vaya a ser que se equivoque. No vaya a ser que quiera romper sistemas de uniones políticas que ha llevado décadas construir. No sea que rompan equilibrios complicados, que pueden resentirse a la mínima brizna de viento. Y es que el pueblo no sopla. Pisa. Los demócratas de salón son, a su manera, demócratas "ilustrados": "todo por el pueblo pero sin el pueblo".

 

El problema fundamental de estas dos formas de entender el ejercicio de la democracia es que ambas nos han llevado a un atolladero, a un callejón sin salida. A unos porque les falta toma de tierra. A otros porque están tan pegados a la tierra que les falta sentido de la realidad. No parece que el enfrentamiento entre ambos modelos vaya a disolverse pronto, aunque es verdad que se van notando avances. Los movimientos a los que se acusa de populismo han tenido que tragar dosis de realismo político. Por su parte el miedo convive en los sillos del parlamento rojos y azules: saben que ahora la calle, por la que ellos siempre trabajaron, muerde. Y que su puesto pende de un hilo de un modo mucho más marcado que en cualquier otro momento de nuestra corta historia democrática. La simbiosis entre ambos "representantes" y "populistas" es cuestión de tiempo. Llegarán a abrazarse en el momento oportuno. Si hace falta, los populistas se acercarán a la representatividad y los representantes se harán populistas. Dependerá de la coyuntura de cada momento. Ambas formas de entender el demos tienen que entenderse, especialmente si quieren jugar un papel en un panorama político mucho más complejo de lo que queremos pensar, pues son en realidad muchos los poderes que interactúan. La "poliarquía" que acuñó Dahl en su día apunta que el demos no deja de ser una comparsa, en medio de un baile con otros protagonistas. Los hilos del poder no solo se mueven en la política. Y mientras la democracia se resiente, se siguen tomando decisiones en lugares lejanos de los parlamentos, en los que el demos no tiene función alguna. El espejismo de la democracia se revela duro en ambos casos: poco importa la representación o el "populismo": el demos no participa en el poder. Queda pendiente una pregunta inquietante: ¿Es mejor que sea así o sería deseable buscar formas de involucrar al pueblo en la política?