Deporte y fe
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Que el [2] deporte tiene conexiones con la filosofía es algo que más de una vez se ha comentado por aquí. Es una fuente ¿inagotable? de mitos, y sus consecuencias sociológicas no son precisamente pequeñas: los medios de comunicación han convertido el [2] deporte en un espectáculo de masas, y los eventos deportivos tienen a día de hoy consecuencias económicas y políticas. El deporte es mucho más que deporte. Y resulta que las noticias de los últimos meses han puesto sobre la mesa una dimensión del deporte de la que aún no habíamos hablado: deporte y religión. Desde que la sospecha del dopaje cayó sobre el ciclismo, se han sucedido multitud de declaraciones, tanto en su defensa, como en contra del mismo. Se ha hablado de la muerte del ciclismo, de su mentira, su falsedad, se ha dicho que no es un deporte, que está adulterado y que en realidad hace décadas se convirtió en lo contrario de lo que predica. Para mucho es el deporte que representa la mentira por excelencia: el engaño, la trampa y la traición. Frente al maligno del ciclismo, hay quien emprende la misión redentora: nos hemos cansado de oír a algunos periodistas y ciclistas que nos han pedido excarecidamente que tengamos “fe” en su deporte. Hemos de “creer” en ellos, confiar en su pureza. Y es que, decíamos al principio, el deporte es forjador de mitos: las descreidas y ateas sociedades occidentales han de practicar la nueva religión deportiva. Ya que no creemos en lo que no vemos, creamos al menos en lo que sí que vemos (aunque sea por televisión): en los ciclistas.
Las divinidades del pedal no nos resultan muy lejanas: podemos dudar del septimo cielo habitado por Armstrong, o de las 5 aventuras épicas de Induráin y sus argonautas. Como diría Descartes, podemos llevar la duda todo lo lejos que queramos, pero lo cierto es que el ciclismo está lleno de nombres legendarios, de dioses capaces de soportar sobre la bici varias horas de intensas palizas: corredores que paraban para comer o cubrir otras necesidades esenciales, o aquellos que corrían con catarros, fiebres y toses. La historia sagrada de la bici está llena de nombres y deidades, de seres humanos capaces de realizar esfuerzos sobrehumanos. Eran los tiempos de la fe ciega, de los ídolos y los rituales de adoración de la más diversa índole: premios en metálico (los semidioses también comen), pero también homenajes, reportajes, honores, glorias… Todo levantado sobre la fe de la gente, sobre la credibilidad de las deidades, sobre la limpieza y honestidad de personas que competían en circunstancias de igualdad y justicia. Eso era básicamente el deporte: un reducto de los mitos y de la fe, en sociedades en las que la crítica a las creencias comenzaba a ser una posición intelectual avanzada, progresista, que años después terminaría imponiéndose.
Se dejaba de creer en Dios (o en los dioses), pero se creía en los hombres: Perico podía subir el Tourmalet y realizar un descenso vertiginoso. Entonces llegó el cisma, la reforma, la crítica. Llegó la racionalidad y el desencantanmiento del mundo. Es lo que tiene la ciencia: desentraña los misterios que toca. Congela las creencias hasta precipitar su contenido y someterlo a pruebas insuperables. Entonces apareció la conciencia y supimos que los dioses no eran tales: que existen néctares secretos (o no tanto) capaces de multiplicar su rendimiento, que están detrás de sus heroicidades. No es el hombre, es el veneno el que pedalea. La heoricidad ahora no es batir el tiempo en la contrareloj, sino apostar la salud del futuro en favor de una fama pasajera. No gana el mejor, gana el más listo, el que cuenta con un mejor asesoramiento “médico”. Muchos de los sacerdotes mediáticos que divinizaron el ciclismo han pasado a demonizarlo, y en medio de todo esto, permanecen algunos irreductibles que nos piden lo imposible: “creer en los que no vemos”. ¿Acaso no es la credibilidad la base de todo deporte? ¿No exige toda competición una “fé” en el juego limpio, en la imparcialidad e igualdad de condiciones de todos los participantes? ¿Es el ciclismo el único deporte al que debemos extender la duda? ¿Qué intereses (equipos, medios de comunicación, ciclistas profesionales, otros deportistas…) entran en juego en todas estas cuestiones? ¿Nos exige el deporte una fe que viene desmentida por la vida cotidiana? ¿Acaso hay juego limpio en esta última? Preguntas duras y difíciles, tanto para los que disfrutan con la bici, con el [2] deporte en general o para los que aún puedan pensar que vivimos en el mundo del “fair play”.
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