Didáctica y filosofía
De todos es sabido que un profesor de cualquier materia debe reunir dos condiciones: dominar la materia que enseña y ser capaz de transmitir ese dominio, ese saber. Si lo aplicamos a la filosofía, un profesor tiene que saber filosofía y tiene que saber enseñarla. Dos elementos que no siempre van acompañados. Los hay que saben mucha filosofía pero son incapaces de enseñarla. Pero también están los que dominan a la perfección las técnicas y recursos didácticos, pero que quizás estén un poco más perdidos (o no estén actualizados) en lo referente al panorama filosófico actual. Se trata de dos posiciones extremas, las que se acaban de describir, pero que recogen en cierto modo una tensión existente en la enseñanza de cualquier materia: la necesidad de adaptarla y expresarla en lenguaje cercano y significativo para quienes deben aprenderla, pero a la vez respetando los contenidos, siendo fiel al “espíritu” de aquello que se enseña. ¿Hasta dónde podemos estirar el saber, adaptarlo, con el fin de transmitirlo mejor sin por ello deformarlo o despreciarlo?
Y todo esto viene a cuento por lo siguiente: cuando un profesor se enfrenta a la tarea de poner ejercicios a sus alumnos puede escoger entre los materiales más diversos. Todos los que intentan salirse de los caminos marcados por los elaborados libros de las editoriales saben a qué me estoy refiriendo: podemos optar, por ejemplo, por utilizar el periódico como herramienta indispensable de clase. Nos sirve para muchas materias, y entre sus grandes virtudes está la de colocarnos en medio de la realidad. Los alumnos se enterarán, más o menos, de algo de lo que pasa. Otra posibilidad es la tele o el cine: podemos proyectar vídeos, secuencias de películas, documentales… Todo ello resulta mucho más cercano a los alumnos, les llega mejor y de una forma más cómoda que el texto. Por qué no utilizar, por ejemplo, canciones. Letras que se escuchan dentro y fuera de las aulas, que hablan del ser humano de sus experiencias y problemas cotidianos. La enseñanza también vive entonces en las ondas, en las composiciones musicales.
Como vemos, las posibilidades nos desbordan. En 10 líneas se han sugerido 3 bien distintas, y no hemos hecho referencia a las nuevas tecnologías. La pregunta que quisiera plantear es la siguiente: ¿Y qué ocurre con el texto filosófico? ¿Acaso no es éste el primer recurso didáctico? Si proyecto Matrix en clase, ¿estoy impidiendo que los alumnos accedan directamente al mito de la caverna que Platón cuenta en la República? La tradición filosófica está llena de textos ricos, valiosos, comprensibles y actuales, al alcance de los alumnos. Puede que los esfuerzos didácticos que todos hacemos anden algo desorientados: nuestra herramienta esencial es el lenguaje, la palabra (hablada y escrita) y querer traducir conceptos a imágenes, noticias, secuencias o canciones está muy bien si somos capaces de ir más allá de estos instrumentos y llegar a las ideas expresadas de un modo filosófico. ¿Qué pasa si nos estamos centrando demasiado en esas herramientas y dejamos de lado la filosofía, la lengua, la historia…?
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