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Dime lo que escuchas...

Reflexiones en torno a la belleza del sonido

Contaba Aristóteles que la música influye en el estado de ánimo. No sólo eso: en su opinión, cada uno de los estilos musicales se adaptaba mejor a unas u otras circunstancias, dependiendo de la finalidad buscada en cada caso. Hay un tipo de música para cada momento: hay música para la guerra y para la paz, melodías para el amor y el odio, canciones para diferentes momentos de la historia. El caso es que la idea aristotélica ha encontrado buenos defensores a lo largo de la historia. Sus resonancias religiosas y místicas han dado lugar a múltiples expresiones en el tiempo, y cuando la sociedad se ha ido alejando de la influencia de la religión la música ha seguido jugando un papel indiscutible: baste citar el romanticismo como uno de sus ejemplos, o las consecuencias políticas de más de una creación musical. No hace tanto que se ha acusado al rock de ser música satánica, y no faltan por ahí quienes se dedican a escuchar canciones al revés para descubrir ocultos mensajes orquestados por mecanismos de poder. Quizás podamos adaptar el refrán: "Dime lo que escuchas y te diré quién eres".

No sé si es muy exagerado decir que la formación musical se ha convertido en el "hermano pobre" de nuestro sistema educativo. Lo que sí sé es que otros países de nuestro entorno hay una valoración superior de la música a la que se estila por aquí. Valoración no sólo de palabra: se le dedica mucho más tiempo, dentro y fuera de la escuela. Y es que las notas musicales son mucho más que notas musicales. Ejemplos a lo largo de la historia reciente: la nación alemana se construyó al son de Wagner. No le vamos a responsabilizar aquí de un proceso político que excede el ámbito del arte, pero sí que hemos de tomar conciencia de su respaldo a ese proceso: a través de su música, los alemanes internalizan sus mitos y construyen una identidad. Y eso por no hablar de los "ecos" religiosos: la cantidad de obras maestras de la historia de la música que guardan relación con la religión como fuente de inspiración no es, ni mucho menos, menor. Si la pintura era la biblia de los que sabían leer, la música era más que la banda sonora. Su belleza era una forma de atraer, atemorizar, convencer y seducir.

Si miramos al presente en que vivimos, podemos extraer consecuencias muy similares: la música es mucho más que un mero entretenimiento. Hay un importante negocio a su alrededor, y sus relaciones con el poder son ambivalentes: también los políticos necesitan que sus propuestas "suenen" bien, y si se acompañan de los cantantes de éxito parecen tener un suelo de votantes garantizado. A la música asociada al poder se le opone la que crece en las antípodas: estilos y formas musicales que se dedican precisamente a levantar una conciencia crítica, pagando el precio de una difusión más limitada. Música para relajarse y para evadirse, para bailar o para escuchar, para conducir o para dormir. Somos animales musicales: desde que el hombre es hombre vive rodeado de sonidos, ritmos y melodías que se han ido cargando de significados simbólicos. Estados de ánimo. Formas de ser, de vivir y pensar. Política. Religión. Arte por el mero hecho de hacer arte. Sin más pretensiones que el deleite estético. En definitiva: música. Probablemente otro de los "agujeros" en las investigaciones filosóficas de toda la historia. Siendo inherente a nosotros, apenas le han prestado atención los grandes filósofos. ¿Para cuándo una filosofía de la música"