El aplauso
Borregos televisivos y regidores estúpidos · Actualidad
El aplauso es una actividad social. De eso se da uno cuenta en seguida: basta con ver esas grandes reuniones de la “alta sociedad” que congregan a lo más selecto del género humano. Grandes representaciones de ópera, montajes teatrales de calidad y conciertos extraordinarios reciben un aplauso unánime, con indepencia de que sea sincero, o tan sólo un pequeño peaje que hay que pagar por mostrar las últimas joyas que se han comprado o el abrigo de piel que fue regalado en el pasado cumpleaños. En realidad, el aplauso debería ser una forma de felicitación o de mostrar que algo nos ha agradado, pero este sentido se pierde entre la red de las convencionalidades sociales. A menudo se aplaude porque hay que aplaudir: ha terminado esa conferencia que nos ha parecido aburridísima, o por fin deja de darnos el tostón el ponente de tal curso. Pero, si todos lo hacen, nosotros aplaudimos mecánicamente, con independencia de la impresión que nos causara lo aplaudido.
Pues bien. Si este aplauso “social” o “de etiqueta” me parece vacío, más aún (si esto es posible) lo es el aplauso televisivo. ¿Alguna vez os habéis parado a pensar por qué se aplaude en televisión? ¿Qué tipo de cosas reciben el respaldo del público? Hay dos tipos de “teleaplauso” que nunca llegaré a entender. Pongámonos en situación: plató de televisión con diversos “contertulios” informados, soltándose improperios y hachazos verbales. ¿Quién es el más aplaudido? Aquel que más gravemente insulte y degrade a los demás. Los calificativos tradicionales se quedan, por lo visto, muy escaso, para las grandes cabezas pensantes de la tele. Por eso, es necesario emplear el ingenio en encontrar las expresiones más ácidas que se nos puedan ocurrir. Cuánto peor gusto, más aplausos. A menudo se reciben incluso silbidos y vítores del público… ¿Por qué se aplaude a semejantes especímenes?
Segunda situación: plató de cualquier programa de “telerrealidad” (¿acaso no es éste un concepto contradictorio? dejemos eso para otro día). Esos programas en los que gente “normal” (así son presentados) va y cuenta sus entretelas amorosas, familiares, sentimentales. Las historias que se cuentan son verdaderamente truculentas y algunas rozan lo trágico. A veces el protagonista de la misma no puede evitar comenzar a llorar, lo cual inmediatamente provoca el aplauso unánime del público. Es de imaginar que con este gesto se pretende mostrar respaldo, cercanía o incluso consuelo hacia la persona que cuenta sus sufrimientos ante la cámara, pero, por ser precisamente teleaplausos, se quedan precisamente en eso: telecariño, teleconsuelo. ¿A qué viene aplaudir a alguien por el hecho de que llore públicamente? La peor persona que podamos imaginar sería aplaudida por un público entregado a cambio de unas sencillas lágrimas. No sé si este tipo de cosas serán espontáneas o por el contrario están dirigidas por un regidor. Cualquiera de las dos opciones no es muy alentadora…


