El autor y su obra
A menudo suele ocurrir que, sea cual sea la actividad a la que nos dedicamos, somos seguidores o entusiastas defensores de las ideas, poemas, canciones, cuadros… de cualquier otra persona. Quizá un admirador de [1] Picasso no salte tan enloquecido antes sus obras del periodo azul como lo hacen algunas enloquecidas adolescentes ante sus ídolos, pero qué duda cabe que también en el mundo de la cultura se establecen filias, fobias, simpatías y odios. Lo intelectual se va entrelazando con lo personal, con aspectos más íntimos y subjetivos, que quizás no siempre responden a las expectativas creadas: y es que cuando leemos, escuchamos música o contemplamos obras de arte solemos hacer algo muy peculiar. Incluir en todo esto un componente afectivo, que quizás nada tenga que ver con lo que estamos leyendo o escuchando. La emoción y el sentimiento siempre acompañan a cualquier acto intelectivo.
Y es que puede uno leer a Heidegger, por ejemplo, y encontrar en él ideas tan lúcidas que son incompatibles con su defensa del nazismo. ¿Cómo es posible que una mente capaz de escribir [2] Ser y tiempo pudiera estar convencido de ideas tan absurdas como las que se extendieron por Alemania a comienzos del siglo XX? Por eso, a menudo es mejor quedarse con la obra, disfrutar con ella y olvidarse que tiene un padre (o una madre) con una vida que, en lo esencial, será bastante parcida a la nuestra, con sus deseos, frustraciones, éxitos, fracasos… No es bueno descubrir los puntos oscuros en la vida de todos aquellos cuya obra compartimos, pues las consecuencias serán, en casi todos los casos, negativas: a la decepción personal se le unirá, probablemente, un alejamiento respecto a todo aquello que antes nos hacía vibrar.
El autor y su obra, la vida personal y la profesional. El decir (pensar, crear inventar…) y el hacer, el vivir, que no siempre tienen por qué estar bien relacionados: el contraste de leer a Rousseau, inspirados de tantos y tantos pedagogos, y saber que jamás se preocupó por educar a su prole. Reir con Chaplin, y saber que no hizo reir a quienes convivían con él. Y a veces me pregunto si acaso no será merecido el castigo del olvido y el rechazo, para todos aquellos que supieron vivir como predicaron, para tantos genios en sus artes y ciencias que fueron incapaces de llevar esa genialidad (o simplemente de ser normales) en sus vidas cotidianas. Si acaso es tan fácil separar la vida de la obra, olvidar al padre, y quedarnos con la hija. Poder escuchar a [3] Silvio o a [4] Pablo Milanés cantándole a la libertad, olvidando que niegan los límites que ésta tiene en su país… Y luego esta otra pregunta, aún más peliaguda: ¿podríamos soportar cada uno de nosotros semejante juicio?
Anotacion impresa de Boulé: http://www.boulesis.com/boule
Enlaces que aparecen en esta anotación:
[1] Picasso: http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_Picasso
[2] Ser y tiempo: http://personales.ciudad.com.ar/M_Heidegger/ser_y_tiempo.htm
[3] Silvio: http://www.patriagrande.net/cuba/silvio.rodriguez/
[4] Pablo Milanés: http://www.trovacub.net/pablo/
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