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El barniz de la mayoría de edad

Sobre el niño que cada uno de nosotros esconde · Filosofía


Un grupo de niños-futuros-adultosLos poetas y literatos han subrayado en numerosas ocasiones que nunca dejamos de ser el niño que fuimos, o incluso que merece la pena no permitir que se pierda jamás el niño que todos llevamos dentro. Ideas que vienen a reivindicar la infancia como un tiempo dorado, como una felicidad irrepetible basada, hasta cierto punto, en la inconsciencia y en la ingenuidad. Ir creciendo es ir asumiendo el mundo, con todas sus aristas, matices, luces y sombras. Todo esto no impide que por debajo de esta reivindicación viva una idealización y quizás un olvido de lo que fuimos. Una consecuencia natural del salto a la mayoría de la edad: como si bastara con cumplir 18 años (o alguno más, ahora que la adolescencia se prolonga) para quedar todos igualados por ese gris uniforme que denominamos “edad adulta”.

Este proceso culmina probablemente con la incorporación al mercado laboral. La independencia económica nos convierte en consumidores de pleno derecho y borra buena parte de nuestro pasado. En la cola del supermercado, en los carriles de la autovía o en el lugar de trabajo nos cruzamos con todos esos niños que fuimos y que han quedado enterrados por la supuesta madurez de la edad o la nómina mensual. Es la tabula rasa de los muchos o pocos años de escolarización, los juegos, las riñas, las manchas… de todo lo que fuimos. Tanto para lo bueno como la malo: es verdad que perdemos lo que reivindica la literatura y la poesía, pero no menos cierto es que también ocultamos bajo la aparente madurez nuestra parte más oscura.

Hagamos un breve ejercicio mental. Recordemos, por ejemplo, cualquiera de las últimas clases de la enseñanza secundaria o del bachillerato. Repasemos uno por uno a nuestros compañeros. Descubriremos, seguro, un conjunto de filias y fobias, de afinidades y distancias. ¿Nos comportaríamos igual con ellos si fueran perfectos desconocidos? Probablemente no. Y así vamos por la vida, como niños disfrazados de adultos. Sin saber si acaso no sería mejor quitarnos las máscaras ir por la vida como los niños que fuimos para saber bien a qué atenernos. Conocer a cualquier persona implica en un sentido primario y genealógico, saber el niño que fue, condición indispensable para desentrañar esa apariencia de la madurez. ¿Viviríamos igual si al cruzarnos por la calle con la gente o juntarnos en una reunión de vecinos supiéramos quiénes son nuestros compañeros de viaje, si pudiéramos adivinar al niño que respira bajo ese adulto aparentemente tranquilo, estable y maduro?

P.D: al hilo puede venirnos una cita de Rafael Amor, en su canción la camiseta: “que la madurez es otro desatino, una manera más de no mancharse”

P.D.2: Fuente original de la imagen.

§ | Miguel | 3/Oct/2008 | 08:07 | Añadir comentario | Añadir trackback

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2 comentarios a “El barniz de la mayoría de edad”

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Desde luego, Miguel, a ese niño/a que fuimos no hay que ahogarle nunca, ni a su curiosidad ni capacidad de asombro.

Muerta esa frescura…esa adultez “gris” se tornaría desvitalizada y mustia.

Saludos y ¡buen curso 2008-09 ! ¡nos leemos!

Merce

§1 | merce padilla | 3/10/2008 | 20:01

Hay niños a los que les robaron la infancia. Colaboro con una ONG de España se llama SOS Infancia.He aprendido tanto de los niños más desfavorecidos. Su web es
www.sosinfancia.es

§2 | VICTOR FUNES | 10/10/2008 | 13:06

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