El caso de Oradour
Recuerda, sí, pero ¿qué? · Filosofía

Oradour sur Glane es un pequeño monumento a la memoria. Bien claro lo deja la primera placa que recibe al visitante: “Recuerda”. Y algo que tenemos que olvidar, y mucho menos si queremos que no se repita, es el genocidio judío y el nazismo. Por eso el pueblo de Oradour cuenta con una particularidad: se conserva tal cual quedó después de que los nazis asesinaran a todo el pueblo el 10 de junio de 1944. La visita sigue siendo sobrecogedora hoy: las necesarias labores de conservación y restauración no esconden lo que allí ocurrió: nos encontramos con un pueblo totalmente desierto en el que todo resto lo es del dolor y el sufrimiento. Los edificios destrozados y la maquinaria calcinada son el testimonio vivo del horror de aquel día. Por eso se quiere rescatar del olvido. Por eso merece conservarse: para que no se repita.
Pero esa memoria que se quiere rescatar el frágil. Se queda con unas cosas, y prefiere olvidar otras, que pueden resultar igualmente dolorosas. Y es que si revisamos la historia de la matanza de Oradour aparecen ciertas dudas, al comprobar que en el proceso se identificó a varios soldados alsacianos como participantes directos en la masacre. Resulta fácil organizar un memorial contra el enemigo exterior, pero hay que tener los nervios muy templados cuando el enemigo se encuentra en la propia casa, cuando es francés (al menos desde la primera guerra mundial) y habla francés. La solución del gobierno fue la de promover la concordia y la unidad. Responsabilizar a los nazis de todo lo sucedido y buscar maneras de acercar posturas entre Alsacia y Lemosin, la región a la que pertenece Oradour.
El visitante de hoy no puede saber todo esto, que es lo que nos cuenta la historia. Oradour sur Glane es un pueblo fantasma, en el que se puede respirar todavía la destrucción de la guerra. Toda la visita nos remite a los nazis (que uno tiende a pensar sinónimo de “alemanes”) como únicos causantes de la aniquilación del pueblo. Así es la memoria: el pueblo que nos invita a recordar prefiere olvidar. Dejar de lado que la barbarie germina en todos los pueblos, y que raramente se puede contar la historia como la interacción de “los buenos” y “los malos”. No sé si es preferible o no cerrar heridas. Quizás dé igual lo que realmente pasó en Oradour, si los alsacianos aprovecharon la circunstancia para dirimir viejas rencillas o no. Lo que sí sé es que Oradour debería ser más el monumento contra la barbarie que el monumento a la memoria. Porque si se nos pide recordar, hay que recordarlo todo. Aunque dé dolor. La deshumanización propia y la ajena: esto es lo que nos transmite la memoria. Lo demás, puede que se acerque mucho a la manipulación interesada.


