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El DP y el problema de los comunes

Cuidado con los gorrones cuando la colaboración se generaliza
El agua es uno de los bienes comunes que hay que cuidarEn nuestra última anotación sobre el dilema del prisionero, habíamos explicado cómo era posible dar una interpretación política del mismo: la función del poder es lograr castigar los comportamientos egoístas y fomentar la colaboración social. El poder político centralizado pretende ser la solución al desastre generalizado del egoísmo. El caso es que el poder omnipotente hobbesiano logra que la colaboración entre los individuos se vaya estabilizando. No sólo eso: los propios individuos se terminan dando cuenta de que colaborar compensa. Surgen así ciudades y sociedades benéficas, en las que las gentes están acostumbradas a cumplir con las leyes, a pagar sus impuestos, a cuidar de los espacios públicos... Es decir van consolidándose formas más o menos civilizadas, en las que aparece una conciencia peculiar: la conciencia de "lo público", lo "común" lo que es de todos.

Surge entonces lo que en teoría política y económica se conoce como "el problema de los comunes". La sociedad colaboradora termina albergando en su seno agentes extraños: individuos que (sin necesidad de plantearse una matriz de pagos como la del dilema del prisionero) se dan cuenta del nivel de colaboración (o civismo) de la sociedad, y razonan de un modo tan agudo como egoísta. ¿Para qué colaborar al bien público, si puedo evitarme esa molestia y beneficiarme de sus efectos" Es la tendencia natural en todo lo público: aprovecharnos de ello al máximo (cada vez pedimos más al estado, la presión social sobre diversos bienes crece sin fin) sin estar demasiado dispuestos a soportar las cargas que eso implica. Todos queremos buenas carreteras, un buen sistema educativo y sanitario. Pero no todos quieren pagar (religiosa o cívicamente, lo importante es pagar) los impuestos correspondientes. La evasión de impuestos es una práctica deseada por muchos, a menudo sustituida (cuando no da para tanto) por la mejor de las ingenierías financieras y fiscales. El objetivo: pagar lo menos posible.

Los impuestos son sólo un aspecto de este problema: obras públicas y transportes, vandalismo, ecologismo... Desde el dominguero que va al campo y no lo limpia (total, hay grupos de ecologistas que se dedican a ello) a la persona que derrocha agua: todos ellos hacen un uso abusivamente privado de un bien público. Algo que se deja notar especialmente en tiempos de restricciones como los que vivimos en la actualidad. Si todos toman las medidas adecuadas para ahorrar agua, nadie notará que la persona que despilfarra no cumple. No sólo eso: el "gorrón" que se aprovecha del civismo ajeno suele utilizar también el clásico argumento que resta importancia a su acción individual en comparación con los comportamientos del resto. "Si yo ahorro agua y los demás no lo hacen, no sirve de nada. Si yo no ahorro, pero los demás sí lo hacen tampoco pasa nada. Lo importante no se lo que yo hago, sino lo que hacen los demás." Un argumento tan cínico como hipócrita: "Sean ustedes cívicos, colaboren, cuiden lo público, que ya me aprovecharé de ello cuanto pueda." Esta es la tragedia de los bienes públicos, el problema de los comunes.

P.D: fuente original de la imagen.